La inteligencia emocional colectiva que nos falta

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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Todo este brete y cotorreo alrededor de Luis Manuel Otero Alcántara me ha hecho pensar en la tremenda falta de inteligencia emocional colectiva que tienen la mayoría de los cubanos.

La psicología social y la sociología conciben la «inteligencia emocional colectiva» como la capacidad de un grupo para regular sus emociones comunitarias, gestionar el conflicto sin violencia, cultivar la empatía y construir consensos.

Es cierto que este “problema” de la falta de inteligencia emocional no es nuevo, pues muchos han sido esos ciclos prolongados de inestabilidad y trauma a lo largo de la historia cubana, en los que sus mecanismos de autorregulación se han debilitado. No estoy hablando de un defecto inherente al cubano, sino de un proceso sociopsicológico continuo.

Antes de 1959, la vida pública estuvo dominada por una alta emotividad, por el caudillismo y la fragilidad institucional. La naciente república nació marcada por la desconfianza mutua y la apelación a la fuerza, como mostró, por ejemplo, la llamada Guerrita de La Chambelona. Décadas más tarde, la caída de Gerardo Machado en 1933 desembocó en una profunda violencia sectaria y en el auge del pandillerismo político de los años 40. Paralelamente, la tendencia a confiar en mesías carismáticos como Eduardo Chibás —cuya muerte al dispararse en vivo por radio simbolizó la descompensación entre la pasión patriótica y la contención emocional— desplazó la maduración de las instituciones democráticas en favor de un apasionamiento hacia el liderazgo personal.

A partir del 59, el régimen castrista no solo aprovechó esos procesos ya preexistentes, sino que los sistematizó mediante una polarización estatal al dividir la sociedad entre «patriotas» y «traidores». A través de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la delación y el control vecinal se convirtieron en mecanismos de supervivencia que erosionaron la confianza básica en la vida cotidiana. Esta manipulación emocional alcanzó su cima con los «actos de repudio» —como los del éxodo del Mariel en 1980—, donde el régimen organizó la ira colectiva contra quienes decidían emigrar; e instrumentalizó la narrativa del «agradecimiento», exigiendo gratitud por derechos y servicios básicos como si fuesen favores de un líder carismático, lo que confundió el disenso político con una traición personal.

Décadas de escasez, duelo migratorio y vigilancia han forzado a la población a un estrés crónico donde el modo supervivencia ha hecho lo suyo al lesionar la empatía y la autorregulación. Esa paranoia institucionalizada cruzó las fronteras, proyectando en el exilio las mismas dinámicas de desconfianza, sospecha y fragmentación que impiden la unidad.

Sanar esta quiebra no vendrá de un cambio político externo, sino del acto profundamente personal de reconstruir la confianza en uno mismo y en el otro. Cuando la empatía logre desplazar el miedo y la sospecha heredada, el pueblo cubano podrá proyectar una verdadera soberanía emocional y decidir su destino, por supuesto, libre del castrismo.

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