
La mentira más honesta del mundo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Los selk’nam lo tenían claro: para educar a un hombre, primero hay que asustarlo como a un niño. Durante generaciones, los varones de Tierra del Fuego se vistieron de demonios, pintaron sus cuerpos con arcilla y saltaron de entre los árboles para hacer creer a mujeres y pequeños que los espíritus bajaban del cielo o salían de la tierra. Lo más alucinante del cuento es que el propio mito reconocía que las mujeres lo habían inventado primero. Una mentira con conciencia de serlo, un engaño que se sabía herencia.
El Hain no era un simple susto de carnaval. Era una iniciación, una escuela de huesos y miedo donde los jóvenes aprendían a ser hombres soportando pruebas físicas y emocionales que te dejaban temblando. Los «espíritus» eran tíos del pueblo disfrazados con máscaras de corteza, que aparecían entre alaridos para poner a prueba a los chavales. Y cuando el iniciado, sudando de pánico, lograba arrancarle la máscara a su propio padre o a su cuñado, descubría que detrás del monstruo no había más que un hombre con la cara pintada. En ese momento, pasaba a ser parte del club: el secreto se hereda, no se discute.
Lo extraordinario es que el propio mito contaba que aquella farsa la habían montado primero las mujeres para dominar a los hombres. Ellas se disfrazaban, aterrorizaban a los maridos y se reían a escondidas. Hasta que uno las descubrió sin pintura, riendo en la cabaña, y les robó las máscaras. Desde entonces, los hombres tomaron el relevo. Vamos, que el poder masculino se sostenía sobre el mismo truco que habían usado las mujeres, solo que con más barba y menos gracia.
El teatro para unir al pueblo
Pero el Hain no era solo dominación. Era también encuentro de familias, transmisión de historias, memoria colectiva. Cada espíritu tenía su nombre, su baile y su color. Era un teatro sagrado que mantenía unido al pueblo. Hasta que llegaron los colonizadores con sus ovejas, sus fusiles y sus recompensas por orejas cortadas. El genocidio fue tan salvaje que en pocas décadas los selk’nam pasaron de ser varios miles a un puñado de almas errantes. Cuando el sacerdote Gusinde fotografió el Hain en 1923, ya estaba retratando los estertores de una ceremonia que agonizaba.
El último Hain se celebró en 1933. Después, silencio. Durante décadas dijeron que los selk’nam se habían extinguido, que su lengua había muerto con Ángela Loij, que sus máscaras eran solo piezas de museo. Pero no era verdad. En 2023, el Estado chileno los reconoció como pueblo vivo. Y aunque el idioma dejó de oírse en las chozas, hoy hay quienes lo estudian, lo rescatan, lo pronuncian con la misma fuerza con la que sus antepasados pintaban sus cuerpos para asustar a los niños. Los colonizadores estuvieron cerca de silenciar el Hain para siempre. Pero no consiguieron borrar a quienes lo inventaron. Los espíritus, al final, siempre vuelven.






