
Gianni Infantino crió cuervos y le sacaron los ojos
Madrid.- Unas horas después de que el silbato final apagara los ecos del Mundial, el planeta entero asumía una evidencia que muchos sospechábamos desde el primer partido de la albiceleste: la FIFA, con Infantino a la cabeza, había construido un entramado de protección arbitral para que Argentina llegara a la final.
Y vaya si lo intentaron. Desde la fase de grupos, el cuerpo arbitral se comió tarjetas rojas clarísimas a jugadores de Scaloni, les anularon goles válidos a sus rivales –recordemos aquella injusticia contra Egipto y el gol que le quitaron a España en la final–, pero el dominio de La Roja fue tan apabullante que ni todo el sostén institucional pudo con la realidad. El fútbol, ese deporte tozudo, se negó a firmar el guion.
Argentina llegó a la final con un plan B que no era otro que el de la agresividad desmedida, consciente de su inferioridad técnica y táctica frente a la selección de De la Fuente. Sospechábamos, como así fue, que iban a intentar compensar sus carencias con un aporte mayúsculo de marrullerías, provocaciones y encontronazos violentos.
Golpes sin fundamento, codazos desmedidos, aspavientos y todo tipo de artimañas para desquiciar a los españoles. Laporte lo había clavado, y Otamendi, ofendido, no hizo más que confirmar que el aviso era certero. Pero España, avisada y trabajada, también lo tenía en el guion.
Mal la FIFA y el árbitro
El colegiado esloveno, excesivamente contemporizador y cobardón, permitió que algunos jugadores de la albiceleste acabaran el partido teniendo argumentos de sobra para haber visto la ducha antes del minuto 90.
Todos sabemos que Leandro Paredes, Enzo Fernández… jugaron al límite de lo permisible durante todo el encuentro, cortando el ritmo, interrumpiendo constantemente, viviendo en la frontera de la tarjeta roja. El árbitro, fiel a la consigna de no desproteger a los pupilos de Infantino, se tragó el silbato en acciones que en cualquier otro torneo habrían significado expulsiones fulminantes. Pero el fútbol, otra vez, se rebeló.
Hubo que esperar a la prórroga para que la superioridad española se materializara en el marcador. El gol de Ferran Torres, nacido de una jugada de Pedro Porro y asistencia de cabeza de Nico Williams, fue la sentencia.
El planeta entero concedió que el fútbol hacía justicia: el nuevo campeón lo era con todo merecimiento. El talento de Messi, que había guiado a los suyos hasta la final liderando un equipo que superó rondas al límite, no fue suficiente ante un combinado mayúsculo con una identidad tan rotunda como la española. Todo el mundo aplaudió a España. Todos menos Argentina.
Un bochorno de época
Porque lo que vino después fue un bochorno sin precedentes en la historia de los Mundiales. No contentos con perder el partido, perdieron también las formas de manera infame. Golpes a traición de varios jugadores y miembros del cuerpo técnico a los españoles mientras estos celebraban el título.
La guinda del pastel de la desvergüenza: todos los jugadores de la albiceleste, en un gesto ruin y calculado, dándole la espalda a la selección española en el momento en que levantaban la Copa al cielo. Jamás visto. Una imagen que ha provocado un descrédito mundial que será muy difícil de borrar, y que incluso ha sido despreciada por multitud de aficionados argentinos que no se reconocen en semejante proceder.
Así que ya lo ven. Infantino y la FIFA criaron cuervos, los protegieron, les limpiaron el camino, les perdonaron rojas y les regalaron decisiones, y cuando los cuervos perdieron, se volvieron contra el propio sistema que los había cobijado.
El árbitro esloveno, los jueces de línea, el VAR y todo el entramado arbitral que veló por los intereses de la albiceleste durante todo el torneo se encontraron con que sus pupilos, al verse superados, no supieron perder con dignidad.
El campeón fue España, pero la imagen que quedará para siempre es la de una selección que pisoteó los valores deportivos de manera tan infame que ha desprestigiado para siempre las tres estrellas que luce en su escudo. Penoso. Sucio. Y, sobre todo, merecido.






