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Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- Las recientes declaraciones de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y su homólogo colombiano, Gustavo Petro, encienden las alarmas sobre lo que parece ser un preocupante virus. Este virus afecta a ciertos líderes progresistas de la región: la pérdida total del sentido común aplicado a las políticas públicas.
Sheinbaum ha justificado su postura ante el narcotráfico argumentando que «la ley prohíbe hacerle la guerra» a los cárteles. Esto en la práctica constituye un reconocimiento implícito de su derecho a existir y operar. Mientras los grupos criminales asesinan impunemente a mansalva, el Estado mexicano opta por mirar hacia otro lado. Se trata de una actitud que roza lo incomprensible y que acerca peligrosamente al país al concepto de Estado fallido.
Por su parte, Petro ha vuelto a demostrar por qué sus propuestas generan perplejidad internacional. El mandatario colombiano sugirió nada menos que Donald Trump invite a Silvio Rodríguez a cantar en la Casa Blanca. Además, sugirió que Estados Unidos inicie una «revolución con placas solares producidas en Latinoamérica y en Cuba». Se trata de una ocurrencia que ignora por completo las tensiones políticas, las realidades económicas y, sobre todo, la viabilidad técnica de semejante propuesta.
Mientras tanto, en Cuba, el gobierno de Miguel Díaz-Canel insiste en lo que algunos ya denominan «el síndrome del sol». Esto consiste en pretender que un país entero funcione únicamente con energía solar y sin combustible, algo que ni las naciones más desarrolladas han logrado. El régimen ofrece créditos para instalar paneles solares en viviendas, policlínicos y panaderías. Al mismo tiempo anuncia cursos para adiestrar burros y bueyes para el trabajo en el campo, entrenamiento en construcción de carretas y la venta de cocinas de leña y carbón.
En Villa Clara, las autoridades «habilitan motos eléctricas para recoger la basura», mientras en el resto del país la población se hunde en apagones interminables y una crisis humanitaria sin precedentes. Lo más preocupante es que desde el gobierno califican estas medidas como «inteligencia creativa». Sin embargo, la realidad se empeña en demostrar que rozan peligrosamente los límites de la estupidez.
Quizás ha llegado la hora de exportar esos cerebros luminosos que, en sus sueños, pretenden alcanzar lo que ni Japón ha conseguido. La izquierda latinoamericana parece haber agotado su capacidad propositiva y se aferra a la idiotez como único mecanismo de supervivencia política. Mientras tanto, sus pueblos siguen esperando soluciones reales para problemas muy concretos.