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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- La noticia llegó como un susurro que se fue haciendo ruido, como suelen llegar las desgracias en un país donde ya nada sorprende. La doctora Nilda Machín Medina, de 64 años, fue encontrada sin vida en su vivienda en Jaruco, Mayabeque. Los vecinos dicen que se quitó la vida. Que los apagones, las carencias, la lucha diaria por existir, la fueron desangrando por dentro hasta que un día, simplemente, no pudo más. No hubo nota, no hubo despedida. Solo el silencio de una casa sin luz y una mujer que decidió que ya no había razones para seguir esperando.

Nilda era imaginóloga, de esas médicas que pasan la vida mirando imágenes en blanco y negro para encontrar en ellas los colores de la esperanza. Había estado en Venezuela, como tantos otros galenos cubanos enviados por el gobierno a cumplir misiones internacionales. Allí dejó amistades, pacientes que la recuerdan con cariño, gente que aún hoy, al saber de su muerte, debe preguntarse cómo es posible que una mujer que salvaba vidas no pudiera salvar la suya propia. Porque el problema no era ella, era lo que la rodeaba. Era el país que la devoró.

Los vecinos de Jaruco la describen como una mujer tranquila, de esas que no levantan la voz, que pasan desapercibidas. Pero también era la doctora a la que acudían cuando el dolor apretaba, cuando no había medicina en la farmacia y había que improvisar. En una comunidad donde todo escasea, ella era de las pocas cosas que aún se podían conseguir: una mano amiga, un diagnóstico certero, una palabra de aliento. Y sin embargo, cuando ella necesitó aliento, no lo encontró. Nadie lo encontró. Porque en este país, la desesperanza es contagiosa y el silencio se paga caro.

Los apagones no son solo eso: cortes de luz. Son la metáfora exacta de una vida que se apaga a cada rato. Son la nevera que se vacía, la comida que se pierde, el calor insoportable, la imposibilidad de cargar un teléfono para llamar a la hija de 32 años que ahora llora a su madre desde un poblado vecino. Son, en definitiva, la confirmación de que nada funciona, de que nada va a mejorar. La doctora Nilda lo sabía mejor que nadie. Había visto el deterioro desde su consulta, desde los hospitales, desde el cuerpo de pacientes que llegaban cada vez más desahuciados. Y un día, el deterioro se le metió dentro.

Cuba pierde a otra de sus hijas, y no es la primera ni será la última. Los que se van en balsas son noticia, pero los que se quedan y mueren en silencio, esos no ocupan titulares. La doctora Nilda Machín Medina era una de los nuestros, de los que aguantaron, de los que no se rindieron hasta que el cuerpo dijo basta. Pero el cuerpo no es solo carne y hueso, también es el alma, y el alma de esta isla está más apagada que los barrios en hora pico. Ojalá su muerte, como sus radiografías, sirva para ver con claridad lo que no queremos ver: que este país se está muriendo a pedazos, y que los apagones, al final, no son del tendido eléctrico, sino de la conciencia. Descansa en paz, doctora. Que allá donde estés, al menos la luz no se vaya.

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