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YA UN AÑO…
En la fría madrugada del 19 de febrero de 2025, exactamente a las 5:15 am, despegaba de la pista del Aeropuerto Internacional José Martí, de Rancho Boyeros, La Habana, el avión que me alejaba de mi patria. Con el corazón oprimido y un fuerte nudo en mi garganta vi perderse en la inmensidad de la noche las últimas luces de mi tierra amada, mientras en mi mente crecía la incertidumbre de si algún día la volvería a ver.
Aún recuerdo mi último día en Güines, mi querido pueblo adoptivo, donde viví casi 30 años (en 2027 los cumpliría) el último abrazo a mis tres grandes amigos, esos de las buenas y las malas (uno de ellos fallecería dos meses después) y la tristeza de no poderme despedir de otra persona que marcó profundamente mi vida, pues estaba de viaje y llegaba esa misma tarde, más el tiempo me apremiaba y no podía esperar.
Ya en Loma de Cándela observé, por el espejo retrovisor del carro que me transportaba, perderse entre los árboles los últimos vestigios de mi amado pueblo, los edificios de la Micro y la cúpula de la torre de su iglesia. Por último, repasé con la vista empañada por las lágrimas la vasta llanura costera del Mayabeque y me despedí de ella en silencio sin que el chofer se diera de cuenta.
En mi pueblo natal, Bejucal (desde donde partí al aeropuerto) me despedí de los amigos de mi adolesencia, casi con la solemnidad de la última vez y de mi familia… más, la última visión que tuve de mi pueblo natal, fue triste, pues habían quitado la corriente y lo último que recuerdo de mi Bejuco es una oscuridad inmensa, general, ni una sola luz en todo el pueblo para despedirme…
A partir de ese momento comenzaba para mi una aventura inolvidable en tierras lejanas de costumbres exóticas y personas extrañas, e idiomas ininteligibles, pero siempre acogedoras y de una naturaleza noble y servicial. Lo primero que impactó mi sistema cognitivo, fue la abundancia de todo, incluso en países pequeños en vía de desarrollo, como es el caso de Surinam y la Guyana Francesa, se podía ver la efervesencia de la vida en todo su explendor.
También la alegría en todo lo que me rodeaba: luces por todos lados, carteles lumínicos, enormes centros comerciales de una cuadra de extensión con de todo lo que necesitaras, sin importar qué fuera. Carreteras simétricas sin un solo bache y llenas de autos modernos. En fin nada que ver con la melancolía de la patria sufrida que apenas solo pocas horas acababa de abandonar.
Nuestro guía y chofer (éramos cuatro) a través del pequeño y hermoso país suramericano, otrora colonia penal francesa (me sentía impresionado de contemplar el mismo paisaje que quizás en su momento había contemplado el famoso Papillón) era un joven guyanés de 35 años, su nombre era François.
El buen François era políglota y hablaba cinco idiomas: francés, inglés, neerlandéz, portugués y español, este último bastante ligado con el francés, según el mismo me decía: «gajes del oficio».
Es increíble pero François nos protegía como a caudales valiosos, casi al punto de algunas veces parecerme incómodo, cuando en cierta ocasión apenado traté de protestar me contestó «ustedes son ma responsabilité» y fin de la discusión.
Durante todo el camino François y yo entablamos una gran amistad, fuimos a su casa en Cayena y nos presentó a su linda familia, su mamá, esposa y tres niñas, yo le conté parte de mi vida, mis andanzas como productor de programas informativos, publicista y profesor, lo que más fijación le hizo fue a lo de profesor y desde entonces durante todo el viaje era professeur para aquí y professeur para allá…
Llegamos a la frontera con Brasil el sábado a las 2:00 de la madrugada y mientras contemplaba impresionado el inmenso Oiapoque, el río que sirve de frontera entre la Guyana Francesa y el estado de Amapá en el norte de Brasil François se acercó y señalandome unas luces en la ribera opuesta me dijo: !Ahí tiene a Brasil, professeur».
Las luces en la distancia las percibía escalonadas, como si una casa estuviera sobre la otra, efectivamente, estaban ubicadas en un cerro y era la primera visión que tenía del característico sistema de favelas, que hasta ese momento solo había visto en filmes: las casas de abajo se alzaban sobre pilones los cuales afloraban sobre la oscura superficie del agua. A medida que la cómoda lancha fluvial que nos sirvió de transporte para cruzar el río se acercaba a la orilla brasilera pude estudiar con más detenimiento las características de estas humildes construcciones.
Brasil es gigantesco, una inmensidad. Tardamos cuatro días para atravesarlo de norte a sur, desde Amapá en el norte, hasta Paraná en el sur. Solo atravesar el inmenso Amazonas en el suntuoso ferry que cubre la ruta desde la ciudad amazónica de Macapá, hasta Bélem, fueron 24 horas, pero la verdad, fue una experiencia única.
Navegar por el emblemático Amazonas fue alucinante. Algo que me impresionó fue la visión en ambas riberas de comunidades indígenas, pero increiblemente estas comunidades contaban con paneles solares, antenas parabólicas y las largas canoas en la que se movían los nativos se impulsaban con potentes motores fuera de borda marca Yamaha.
El principal renglón económico de estas comunidades es el cultivo, recolección y venta de Açai, un fruto de la palmera del mismo nombre del norte de Brasil, aunque también se le conoce con otros nombres como Manaca, Murrapo u otros. El fruto de la palmera Açai es muy codiciado en Suramérica y Europa por sus propiedades nutritivas, aunque la verdad, a mí me sabe a mie… me parece que estoy comiendo madera.
Pues los indígenas del Amazonas, a medida que el ferry avanza por todo el río se acercan constantemente al barco en canoas y lanchas atestadas de cestos llenos hasta arriba de Açai y después de aparear sus embarcaciones al costado del ferry, en pleno movimiento, comienzan la operación de desembarco del producto. Una vez concluida la faena sueltan amarras y separandose del barco regresan a la orilla.
Esta operación es constante durante todo el santo día al punto de que cuando el ferry llega al puerto de Belém sus bodegas están atestadas del fruto. Me impresionó lo impenetrable de la jungla amazónica, allí la floresta es tan tupida que hace como una especie de valla impenetrable, y solo en algunos puntos se ve un camino abierto que llega hasta unos rústicos muellesitos o embarcaderos desde donde salen las barcazas cargadas de cestos de Açai.
El último tramo es de tres días y lo hicimos en unos confortables ómnibus que se detienen tres veces en su camino diario, a la hora del desayuno, a la hora del almuerzo y a la hora de comer, ello en unos restaurantes de camino llamados churrasquerías que el restaurante más encumbrado de La Habana actual se les queda por el tobillo. Lo que más me impresionó de este último tramo fue la cosmopolita ciudad de Sao Pablo, es inmensa, le dicen el New York del sur y eso que solo pasamos por la periferia.
Realmente es una experiencia linda, pero no se crean, aunque la novedad te mantiene constantemente a la expectativa el recuerdo de tu tierra y los tuyos siempre está ahí… Muchos cubanos no lo quieren aceptar, ustedes saben cómo somos los cubanos de embelequeros y parejeros delante de los otros, pero yo sé que por dentro, bien en silencio, si se siente y se sufre.