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Condenados a la isla: ¿por qué no habrá un nuevo Mariel?

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay quienes creen que el régimen cubano, acorralado por el colapso económico y la presión de Washington, podría abrir las fronteras para provocar un nuevo Mariel. La lógica parece impecable: el castrismo ha usado la migración como arma de presión en el pasado, exportando sus crisis para desestabilizar a Estados Unidos. Pero la realidad de 2026 es muy distinta a la de 1980 o 1994.

Para que haya un éxodo masivo, los cubanos necesitan algo que hoy no tienen: cómo salir. Y ahí es donde el argumento se desmorona. No hay combustible para los barcos, no hay electricidad para soldar una embarcación, no hay madera porque no hay motosierras, y los aviones no llegan porque las aerolíneas huyeron hace meses. La isla se ha convertido en una jaula sin llave.

La historia de los grandes éxodos cubanos es también la historia de los medios para escapar. En el Mariel, Fidel Castro abrió el puerto y los balseros partieron en todo lo que flotara, sobre todo en embarcaciones que llegaban desde EEUU y que las autoridades cubanas sobrecargaban.

En 1994, tras la Crisis de los Balseros, miles se lanzaron al mar en balsas improvisadas. Pero hoy, ¿con qué? Cuba no tiene gasolina para los tractores que aran la tierra, pero la gente necesitaría combustible para las motores de sus embarcaciones. La madera para construir balsas requiere talar árboles, y para talar se necesita combustible.

Además, la soldadura para unir los barriles requiere electricidad, y la electricidad es un lujo que no existe. El régimen podría abrir todas las fronteras que quiera, pero si el pueblo no tiene cómo cruzar el Estrecho de la Florida, la orden de partida es papel mojado.

Por aviones tampoco funcionará

La alternativa terrestre que funcionó en los últimos años, la ruta por Nicaragua, se ha cerrado en seco. La administración Trump no solo ha presionado a Managua para que imponga visas a los cubanos, sino que ha incluido a Cuba en la lista de países con suspensión de visas de inmigrante, bloqueando cualquier posibilidad de entrada legal.

Nicaragua, que durante años fue el trampolín para que cientos de miles de cubanos llegaran a la frontera sur de Estados Unidos, ya no es una opción. El propio Departamento de Seguridad Nacional ha diseñado protocolos específicos para impedir cualquier intento de saturar la frontera, aprendiendo la lección de oleadas migratorias anteriores.

Brasil y Uruguay, los últimos destinos viables para los cubanos que logran salir por vía aérea, están a punto de cerrar sus puertas. La presión migratoria ha sido tal que estos países, que hasta ahora mantuvieron políticas de puertas abiertas, ya evalúan endurecer sus requisitos de ingreso.

Uruguay, en particular, ha visto un aumento exponencial de la llegada de cubanos en los últimos meses, y su capacidad de absorción es limitada. Brasil, por su parte, ha endurecido el control migratorio en su frontera norte, por donde ingresan los cubanos que cruzan la selva del Darién. El mensaje de la región es claro: la solidaridad tiene un límite.

El escenario de un éxodo masivo es un espejismo

Y Estados Unidos, que durante décadas fue el faro de los migrantes cubanos, hoy es una fortaleza inexpugnable. La política migratoria de la administración Trump ha cerrado todas las vías: no hay parole humanitario, no hay admisión condicional, no hay programas especiales. A los cubanos que lleguen por mar se les aplicará la misma política que a los haitianos: devolución inmediata.

El mensaje de Washington es tan contundente como el de La Habana: no habrá refugio. La diferencia es que mientras el régimen abre simbólicamente las puertas de la jaula, Estados Unidos ha sellado las suyas con candado de acero.

Por eso, el escenario de un éxodo masivo es un espejismo. Cuba se ha convertido en un territorio condenado: sin combustible para huir, sin aliados que reciban, sin vías de escape. Los cubanos están atrapados en una isla que se apaga, esperando que alguien venga a rescatarlos. El régimen lo sabe. Trump lo sabe. Por eso el presidente estadounidense ha dejado claro que no habrá otro Mariel, que la respuesta ante un intento de crisis migratoria será una intervención humanitaria que acabe con la causa raíz del problema.

Y mientras tanto, en Cuba, la gente espera. Con las manos vacías, sin barcos, sin gasolina, sin esperanza. La única salida, si es que alguna vez llega, no estará en el mar. Estará en la decisión de un hombre en la Casa Blanca que ya ha demostrado que sabe cómo terminar dictaduras. El resto, todo lo que no sea eso, es condenarse a morir en la isla.

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