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¿Cómo eran los entrenaientos para los Juegos Olímpicos en la Antigua Grecia?

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Si crees que tu entrenador del gimnasio es un sádico porque te hace hacer burpees a las 7 de la mañana, respira hondo y da gracias a los dioses: al menos no te está preparando para competir en Olimpia hace 2.500 años. Aquello no era deporte. Era una mezcla de campamento militar, ritual religioso y reality show sin derecho a llorar.

Los Juegos Olímpicos de la época clásica se disputaron en Olimpia desde el 776 a.C. hasta que el emperador Teodosio los abolió en 394. De hecho, se llamaba Olimpiada al período de cuatro años que transcurría entre cada edición de los Juegos. Y aunque no eran los únicos juegos de Grecia -también se celebraban los Píticos en Delfos, los Ístmicos en el istmo de Corinto y los Nemeos en Nemea-, eran los más antiguos y, sobre todo, los que más prestigio aportaban al ganador y a la polis que representaba.

Una vez promulgados los Juegos, se firmaba la paz olímpica y los hombres griegos y libres, en representación de diversas ciudades estado, competían en diferentes pruebas por la gloria. Y como decían en la mítica serie de televisión «Fama» de los años 80: «Tenéis muchos sueños, buscáis la fama, pero la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar… con sudor».

Para empezar, no llegabas a los Juegos y te apuntabas como quien se inscribe a una media maratón rellenando un formulario. Los atletas tenían que pasar diez meses de preparación obligatoria bajo supervisión. Diez. Meses. Nada de “me pongo en forma el mes antes”. Si no cumplías el entrenamiento oficial, no competías. Punto. Zeus no negociaba con flojos.

El gimnasio de entonces

El cuartel general del sufrimiento era el «gymnasion». Y no, no era un gimnasio con música electrónica y fuentes de agua detox. Era un patio lleno de polvo, sudor y tipos entrenando desnudos porque los griegos consideraban que la ropa solo molestaba… y porque presumir de físico formaba parte del espectáculo. Allí se corría, se luchaba, se saltaba y se practicaban técnicas hasta que el cuerpo decía basta y el entrenador respondía: “otra vez”.

El calentamiento tampoco era precisamente escuchar una playlist motivadora. Muchos ejercicios se hacían al son de flautas, marcando ritmo como si el entrenamiento fuera una procesión hacia el agotamiento. Imagina hacer series de velocidad mientras un músico sopla una melodía solemne que suena a “vas a morir, pero con elegancia”.

Luego venía el ritual estrella: embadurnarse con aceite de oliva. Y no, no era postureo: el aceite protegía la piel, resaltaba la musculatura y ayudaba a entrar en calor. Después del entrenamiento, los atletas se raspaban el aceite mezclado con sudor y polvo con un «strígil», una especie de espátula curva. Aquello salía como una pasta gloriosa que, por cierto, algunos vendían como ungüento medicinal. Sí: el sudor olímpico tenía mercado. Capitalismo clásico, versión helénica.

La dicha… el héroe

¿Y para entrenar la pegada? Nada de sacos de boxeo modernos. Sacos llenos de grano. Puñetazos contra bolsas duras, pesadas y poco amables con los nudillos. Si sobrevivías sin romperte la mano, estabas listo para el combate. Si no… bueno, siempre quedaba el atletismo.

Así que la próxima vez que tu entrenador te diga que aprietes, mírale a los ojos y piensa: “Podría estar desnudo, cubierto de aceite, golpeando un saco de trigo mientras suena una flauta y Zeus decide mi destino”. De repente, la clase de spinning parece un balneario.

Porque en la Olimpia clásica no ibas a hacer deporte. Ibas a demostrar que eras un héroe… o a volver a casa convertido en anécdota. En palabras del poeta Píndaro: «El vencedor, el resto de sus días, tendrá una dicha con sabor de mieles»

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