Botas Verdes ya tiene nombre

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Se llama Botas Verdes. O se llamaba, porque nadie sabía su nombre. Durante casi treinta años, los alpinistas que subían al Everest pasaban junto a su cuerpo sin saber quién era. Solo veían unas botas verdes asomando entre la nieve y seguían adelante. No era falta de respeto, era la lógica del Everest: a 8.500 metros, no puedes detenerte a enterrar a un desconocido. El frío no perdona y el oxígeno es un lujo.

El cuerpo era el de un policía indio que murió en la tormenta de 1996, el año en que la montaña se cobró ocho vidas en un solo día. Tsewang Paljor, Dorje Morup y Tsewang Smanla subieron hacia la cima y nunca volvieron. Uno de ellos quedó encogido en una cueva de roca, con las botas verdes al descubierto. Y así se convirtió en un punto de referencia, en un cartel de neón macabro que decía: «Por aquí se va al techo del mundo».

Durante décadas, los alpinistas usaron aquel cadáver como señal. «He llegado a Botas Verdes», decían por radio. La montaña convirtió a un hombre muerto en un hito geográfico. No es que fueran insensibles, es que la vida a esa altura no deja espacio para los sentimentalismos. Recuperar un cuerpo a 8.500 metros puede ser más peligroso que subir hasta la cima. El peso, el hielo, el viento… todo conspira para que los muertos se queden donde cayeron.

Pero en 2026, algo cambió. Las autoridades indias identificaron oficialmente a Botas Verdes como Dorje Morup. No era Tsewang Paljor, como se creía, sino su compañero. Y por primera vez en treinta años, alguien planea bajar su cuerpo de la montaña. No va a ser fácil: necesitan escaladores de élite, logística extrema y un riesgo considerable. Pero hay una decisión, hay un plan, hay una familia que espera.

Y esa es la parte más humana de la historia. Durante tres décadas, Dorje Morup fue un punto en el mapa, una referencia para los vivos, un recordatorio de que la montaña no perdona. Ahora, por fin, va a dejar de ser un hito para convertirse en lo que siempre fue: una persona que debe volver a casa. Porque en el Everest, hasta los muertos esperan su turno para bajar. Y el suyo, al fin, ha llegado.

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