
A propósito del XX Domingo del Tiempo Ordinario
Por Padre Alberto Reyes ()
Evangelio: Mateo 15, 21-28
Esmeralda, Camagüey.- Desde sus inicios, la Iglesia comprendió la universalidad del mensaje cristiano, y a pesar de los episodios de exclusión que se hayan podido vivir al interno de la vida de la Iglesia, siempre ha prevalecido el mensaje de que la Iglesia es para todos, acoge a todos, abre sus puertas a todos.
Sin embargo, no siempre ha estado claro que, si bien en la Iglesia caben todos, en la Iglesia no cabe todo.
Todo el mundo es bienvenido a la Iglesia, pero como discípulo, como invitado a acoger el Evangelio de Jesucristo y a convertirlo en la inspiración de la propia vida. De lo contrario, la Iglesia sería, simplemente, un club, una asociación fraternal para pasar buenos ratos.
La fe sólo puede crecer y transformar a la persona si es una fe humilde, si acepta sin condiciones que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida.
No se entra a la Iglesia para ser cristiano “a mi manera”, porque eso significa una visión errada de la fe en su misma raíz, una visión en la cual el centro pasa de Jesús a nosotros mismos.
Ser cristiano “a mi manera” significa que me reconozco con derecho a elegir lo que quiero vivir del Evangelio, que considero que tengo la potestad de decidir qué valores quiero incorporar a mi vida y qué valores decido que no tengo por qué vivirlos. Es, en el fondo, la creación de mi propio “evangelio” y no la aceptación del Evangelio de Jesucristo.
La fe auténtica no exige derechos, al contario, reconoce la propia indigencia, la propia necesidad, y se abre confiada a lo que Cristo dice y pide.
La mujer cananea era una mujer no sólo necesitada sino angustiada, pero no exige derechos, no se sitúa ante Jesús como alguien que “tiene que ser escuchada”, como alguien cuya necesidad “tiene que ser solucionada”. Insiste, es verdad, pero desde la súplica, desde el ruego, desde la humildad.
Desde el momento en que quitamos los ojos de lo que Jesús dice y pide, y lo ponemos en lo que nos gusta, nos es fácil, o nos acomoda…, desde el momento en que ponemos como filtro lo que la sociedad acepta sin cuestionamientos, lo “políticamente correcto”, los pensamientos de moda, lo que la sociedad prefiere escuchar, estamos cerrando nuestra alma a la conversión que salva, estamos entrando en una ilusión de cristianismo que, tarde o temprano, nos explotará en la cara.
Sabemos que el camino cristiano no es fácil, porque el Evangelio pide que saquemos de nosotros lo mejor, y lo mejor no es siempre ni lo más cómodo ni lo más placentero.
Por eso, si no entendemos el por qué de algún valor del Evangelio, toca preguntar, toca investigar, toca rezar.
Y si lo entendemos pero nos cuesta (porque todos tenemos nuestros propios “caballos de batalla”), toca luchar, toca pedir ayuda, toca aprender a perseverar y a no rendirse.
La Iglesia no es un club, es comunidad de discípulos, es un pueblo invitado a hacer suyo el proyecto del Reino de Dios, fijos los ojos en Jesús como maestro y como guía.






