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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- En la madrugada del 13 de agosto de 1926 cayó un rayo en la finca Manacas, en Birán. No era una señal del cielo y ni siquiera un amago del infierno; simplemente cayó, rajando en dos la ceiba más grande de la zona.

Sí, yo sé que a las ceibas no les caen los rayos, dicen que por una virtud ancestral heredada de los dioses antiguos. Pero te aseguro que sí cayó y destrozó la más bonita de la finca. Podría ser otro árbol —dirán algunos—, quizás un mango o posiblemente una palma real; pero yo te juro que fue a una ceiba que tenía 129 años, y sus raíces llegaban hasta la costa. Por eso el agua de los pozos de Birán es tan salada. Si tomamos un pico y una pala, y cavamos allí donde estuvo el árbol, encontraremos arañas, reptiles y monstruos de la tierra secos por el salitre.

Me vas a decir nuevamente que soy un mentiroso y vas a esgrimir de nuevo la teoría de la inmunidad de la ceiba frente al rayo; pero los sucesos se convierten en símbolos, como las agujetas de tu abuela son el arquetipo del amor y el látigo del odio.

Dicen que en la finca el aire era pesado, y los gemidos de Lina Ruz González sufriendo las infidelidades de Ángel Castro, al fornicar con cuanta criada o campesina le pasara por delante, crearon un bucle donde todo fue posible. Y el cielo se jodió; unas ruedas de carreta tan grandes como el pico Turquino bajaron del espacio y comenzaron a rodar por el césped, matando a las gallinas, las vacas y a los puercos. La tierra tembló cuando el llanto de un ser que nacía ensordeció a la familia; después sucedió el rayo.

La ceiba partida y el nacimiento de un mito

Otra teoría plantea que el recién nacido bajó con el trueno, pero yo no lo creo porque no es para tanto. Fue un vejigo feísimo que creció añorando poder y dinero, con mirada de hurón colorao y pocos amigos.

Los historiadores quieren situarlo entre lo más lúcido de la nación, pero tampoco es para tanto. El tipo no logró en su juventud ni en la adultez una frase célebre ni una conversación interesante; y si buscamos algún triunfo cuando fue poderoso, ninguno.

Quizás su mayor ocurrencia fue cuando a los 14 años, siendo estudiante en el Colegio de Dolores, en Santiago de Cuba, le escribió una carta al presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt pidiéndole 10 dólares. Para cerrar la epístola, escribe al final que, si necesitaba hierro para fabricar barcos, él podía mostrarle en Mayarí las mayores minas del mundo.

—¿Y Roosevelt le envió los 10 cañitas?

—Claro que no; quizás ahí nació su trauma.

Después se largó a La Habana, donde armó trifulcas y grandes rollos estudiantiles. Más tarde dirigió, desde una distancia prudencial, un asalto armado, nuevamente en Santiago de Cuba, consiguiendo con la balacera solamente 22 meses de presidio gracias a una amnistía. Bah, la historia la sabemos: siguió armando problemas, guerrillas y promesas hasta llegar al poder absoluto; entonces acabó con la quinta y con los mangos.

—¿Tú ves algo relevante en su historial? Yo no. Solo veo el devenir de un tipo enamorado de sí mismo e incapaz de confesar al prójimo su verdadero amor al dinero, al poder y su pasión desproporcionada hacia los Estados Unidos. Claro, toda desproporción está velada por un manto que oculta las verdades y las distorsiona; de manera que el odio a Occidente y al Norte fue la forma idónea para ocultar su pasión.

Ahora me preguntarás por qué, si era poseedor de esa obsesión, cuando tuvo al país de rodillas no se ofreció como amigo fiel y solo hizo la guerra. ¡No concuerda, muchacho; no concuerda!, me gritarás. Pero hay cosas inexplicables que no podemos discernir —como el rayo que desguazó la ceiba— y, casi siempre, el amor al poder incluye una alta dosis de pensamiento destructivo.

—¿Entonces por qué se enfrentó a los americanos?

—Ahhh… Se enfrentó porque ya aquello existía sin él, y su única solución era acribillar lo ajeno. Si tu vecino tiene una casa de tres pisos, piscina y un Mercedes-Benz del año, y tú vives en un varaentierra, descalzo y con un gato, ¿no lo odiarías?

—No. Yo tendría que ser una mala persona para odiarlo.

—Ya vas entendiendo.

—¿Y los soviéticos?

—¿Los bolos? Era el mismo síndrome, la misma flatulencia. Por eso se jodieron, sabes.

—Dices todas esas cosas porque desprecias al líder supremo cubano.

—¡Ehh! Cuidado con eso de «líder supremo», ya ese cargo existió y no fue para nada bueno. Además, mi opinión sobre el individuo está sembrada hasta por lo visual. ¿Lo viste alguna vez dando un discurso de tres horas, gesticulando como un loco y con el dedo índice tieso como una vela, apuntándonos a todos como si fuéramos culpables de algo? Yo nunca confiaría en un jefe que me regañe desde la tele con el dedito como puya. Tuve un profesor así, y en la escuela al campo le quemé las toallas.

Además, pocas personas saben que el tipo desde muy joven tuvo una guayaba alojada en su intestino. Nadie supo cómo sucedió tal cosa. Algunos especialistas aseguran que la fruta creció sola y que quizás de niño se la tragó siendo aún una guayabita. La cuestión es que nunca se la quiso extirpar para que la historia no trascendiera; y el fruto creció y, puede que por las enzimas y su dieta diaria, nunca maduró ni se pudrió. Esto le trajo problemas de carácter y de comportamiento, de manera tal que no soportaba que lo desmintieran e, incluso, se alteraba cuando le hacían preguntas complicadas.

—¿Y la guayaba?

—No se sabe; sigue siendo un secreto que muy pocos conocen. Unos suponen que la tienen congelada como talismán, y otros dicen que está fuera de Cuba, quizás en Rusia. La teoría más probable es que está en Caracusey, enterrada en una caja de bronce, pues dicen que de allí era la guayaba que se tragó en Oriente.

—Pero, a pesar de todos esos rollos, la gente lo quiere, lo respeta e, incluso, hace eventos sobre su obra y le celebran el centenario.

—¿En serio? Yo pensaba que ya estabas entendiendo. Esas celebraciones no son para el pueblo de Cuba, pipo; son para el resto del mundo, donde hay miles que, sin venir a la isla ni entender qué rayos es esto, piensan que el tipo era como un San Jorge blandiendo la lanza contra el mal. Lo que hacen es exportar el simbolito para ganar adeptos.

—¿Pero por qué el pueblo no lo olvida y hunde en el mar el seboruco?

—Tranquilo. El pueblo no lo puede hundir en el mar porque él dejó un equipo de especialistas que impide todo movimiento extraño; pero ellos mismos, allá arriba, el día menos pensado lo desaparecen. Deja que se aburran de la campaña y vean que el dólar entra por «vías no formales». Allí van a dar volteretas y, sentados en el nuevo Varadero Yacht Club, tomando Havana Club Máximo y Dom Pérignon, van a celebrar bajito la caída de la piedra; y un día nos vamos a enterar que Santa Ifigenia tiene una plaza vacía y que, por fin, José Martí reposa en paz.

—No jodas. ¿Entonces cambiará la situación de Cuba?

—Sí, para peor, si es posible que haya algo peor. Será una mojonera sin nombre ni ideología definida, donde los nuevos burgueses serán los mismos que hoy celebran el cumpleaños del sujeto; y los pobres, a jodernos. Hay cosas raras en el mundo, socio; cosas inexplicables, como la fabricación de un líder plástico, una guayaba eterna o la caída de un rayo sobre la ceiba.

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