
Fidel Castro, el arquitecto de los males de Cuba
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Fidel Castro no fue el padre de la patria. Fue su verdugo. Durante casi cinco décadas, el hombre de la barba tejió una red de control totalitario que convirtió a Cuba en un museo de la miseria, un país donde el hambre, la represión y la desesperanza son el pan de cada día. No hubo casualidad en este desastre. Cada apagón, cada cola interminable, cada familia rota por el exilio, cada médico que emigra y cada preso político encarcelado lleva la firma de Fidel Castro.
Su primera gran mentira fue el método de la gradualidad. No llegó a La Habana en 1959 proclamando que instalaría una dictadura comunista, que acabaría con la propiedad privada o que silenciaría a todos los que pensaran diferente. Fue avanzando a tientas, midiendo la reacción del mundo, pero el tiempo reveló sus verdaderas intenciones: la abolición de la libertad de prensa, la imposición del partido único, la conversión de las Fuerzas Armadas en un ejército privado al servicio de la familia. Cuba dejó de ser una nación para convertirse en el feudo de un clan.
Y mientras los cubanos se ahogaban en la pobreza, Castro los enviaba a morir a guerras que no eran suyas. Envió a medio millón de compatriotas a las guerras de independencia de África a partir de 1970. La Operación Carlota, la mayor campaña militar latinoamericana en otro continente, involucró a más de 400.000 cubanos durante 16 años en Angola. Miles murieron en Etiopía, en el Congo, en Venezuela, Nicaragua, El Salvador y Bolivia. Todo para satisfacer el ego de un hombre que veía en la guerra un escenario para su megalomanía. 2.655 cubanos muertos en Angola, y él, desde La Habana, seguía arengando a las masas con discursos de internacionalismo que ocultaban la cruda realidad: estaba sacrificando a su pueblo en altares ajenos.
Represión y manipulación
La represión fue su principal herramienta de gobierno. Human Rights Watch documentó que durante la era de Castro, miles de cubanos fueron encarcelados en condiciones deplorables, otros miles fueron perseguidos e intimidados, y a generaciones enteras se les negaron libertades políticas básicas. Los fusilamientos fueron moneda corriente: la organización Archivo Cuba señala que en más de medio siglo de Revolución se fusilaron a 3.116 personas y otras 1.166 fueron ejecutadas extrajudicialmente. El Ché Guevara, otro asesino, lo defendió con cinismo: «Fusilamientos, sí. Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario».
La manipulación de las masas fue otro de sus grandes legados. Convirtió la propaganda en un arma de control, creó un culto a la personalidad que lo presentaba como infalible, como la personificación de la Patria, la Revolución y el Socialismo. Las escuelas se convirtieron en centros de adoctrinamiento, los medios de comunicación en altavoces del régimen, y los vecinos en chivatos al servicio de la Seguridad del Estado. La «chivatería» se institucionalizó como un mecanismo de control social que destruyó la confianza entre los cubanos y sembró el miedo en cada hogar.
Todo lleva su firma
El exilio fue su válvula de escape. Cuando la olla a presión amenazaba con estallar, Castro abría las compuertas. En 1980, el éxodo del Mariel permitió la salida de decenas de miles de cubanos. No fue un acto de humanidad, sino de conveniencia: expulsar a los descontentos para aliviar la presión interna y, de paso, deshacerse de los elementos que consideraba «indeseables». Pero incluso en el exilio, los cubanos seguían siendo rehenes de un régimen que los perseguía hasta en la distancia.
Fidel Castro convirtió a Cuba en un satélite de la Unión Soviética y en un mendigo del mundo. Destruyó la economía, aniquiló la iniciativa privada, liquidó la industria azucarera y convirtió un país próspero en un erial donde la gente come cable y los hospitales carecen de medicinas.
No fue un error, fue un diseño. Y cuando murió, dejó un régimen que perpetuó su obra de destrucción. Hoy, la Cuba que él construyó es un país donde los jóvenes solo tienen tres opciones: ser delincuentes, drogadictos o emigrar. Y todo, absolutamente todo, lleva su firma. Fidel Castro no fue el padre de la patria: fue el arquitecto de su ruina.






