
El síndrome de Stephen
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- El síndrome de Stephen es aquel que lleva a una persona a comportarse de manera sádica contra su propia gente, llegando incluso a defender a quienes la oprimen. Puede manifestarse entre esclavos, prisioneros, represores al servicio de un régimen y, en nuestro caso, entre determinados defensores del castrismo. Son aquellos que, por recibir una migaja de pan más grande que la de los demás, son capaces de defender a sus opresores por encima de sus propias convicciones, de su dignidad y hasta de su bienestar.
Una muestra de la efectividad de este síndrome la encontramos en aquellos cubanos que, aun conociendo el sufrimiento del pueblo cubano —y el suyo propio—, continúan defendiendo a la dictadura. Defienden el legado de Fidel Castro como si hubiera sido el mesías que llegó a Cuba para liberarla de todos sus males, cuando, desde mi perspectiva, ocurrió exactamente lo contrario.
Y es aquí donde vale la pena recordar algunos de esos males.
Desde su llegada al poder, Fidel Castro emprendió un proceso de concentración de la economía y de subordinación de la sociedad al Estado revolucionario. La producción privada fue progresivamente desmantelada y, con ella, muchas de las formas tradicionales mediante las cuales los cubanos producían, intercambiaban y obtenían sus propios alimentos.
En el campo se impusieron políticas que limitaron la iniciativa de los campesinos y redujeron drásticamente su autonomía. Se produjeron campañas sanitarias relacionadas con enfermedades animales, como la fiebre porcina, y otras medidas que afectaron la crianza privada de animales y la producción de alimentos. Al mismo tiempo, numerosos campesinos fueron desplazados de sus tierras y concentrados en poblados, dentro de políticas de control territorial y social que recuerdan, en ciertos aspectos, las prácticas de reconcentración utilizadas durante la época colonial bajo el mando de Valeriano Weyler.
Después llegó la libreta de racionamiento.
Más allá de su propósito declarado, aquella libreta terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más evidentes de la dependencia del ciudadano respecto del Estado: el mismo Estado que administra la escasez es presentado como el único capaz de garantizar la subsistencia.
Defienden su propia cobardía
Se prometieron villas y castillos, pero lo que terminó recibiendo el pueblo fue una economía de supervivencia, donde conseguir lo indispensable se convirtió en una preocupación cotidiana.
Entonces me pregunto: ¿Qué defienden realmente los seguidores del castrismo? ¿Defienden una ideología que prometió abundancia y produjo escasez?
¿Defienden un sistema que prometió libertad y terminó controlando prácticamente todos los espacios de la vida nacional? ¿Defienden los resultados de una revolución que, después de décadas, todavía necesita justificar sus fracasos apelando a enemigos externos?
O, simplemente, ¿defienden la migaja de pan que les permite sentirse un poco por encima de quienes tienen menos?
Yo creo que, en muchos casos, defienden una utopía que nunca llegará. Defienden una interpretación del pasado que se niega a confrontar sus consecuencias. Defienden lo indefendible porque reconocer la realidad significaría reconocer también que fueron engañados.
Y quizá lo más doloroso sea eso: que algunos terminen defendiendo al mismo sistema que los mantiene sometidos.
No defienden solamente una ideología. A veces defienden su propia cobardía.






