
El país donde un pedazo de pollo es noticia
Por Anette Espinosa
San José de las Lajas.- Hay anuncios que uno lee dos veces porque piensa que entendió mal. Pero no. Ahí está, clarito: las embarazadas recibirán cuatro kilos de arroz y cuatro de frijoles; los vulnerables, cuatro kilos de arroz; y para el resto de la población, un premio digno de entrar al Libro Guinness de la Miseria: 345 gramos de pollo y diez onzas de frijoles importados. Trescientos cuarenta y cinco gramos. Ni 300, ni 350. Trescientos cuarenta y cinco. La precisión científica aplicada al hambre.
Esto ocurre en Mayabeque, «bastión agrícola, industrial y científico». Hay que reconocerles una cosa: cuando se trata de repartir escasez, no improvisan. Han convertido la miseria en una ciencia exacta. Algún iluminado debió sacar una calculadora, hacer tres operaciones y concluir que con 345 gramos el cubano no se muere… pero tampoco vive.
Lo mantienen en ese estado de supervivencia permanente donde un muslo de pollo parece un premio de lotería y un plato de arroz con frijoles ya se celebra como si hubiera llegado el desarrollo prometido hace más de sesenta años.
Y, por supuesto, para rematar te salen con la frase favorita de cualquier funcionario: «Distribución escalonada, según disponibilidad de transporte». Traducido al español de la calle significa: espere sentado, rece para que llegue y no pregunte cuándo. Porque aquí nunca falta una explicación para justificar lo injustificable. Si no es el transporte, es el combustible; si no es el combustible, es un barco; y si no aparece el barco, siempre quedará el bloqueo para completar el libreto.
Lo verdaderamente ofensivo no son los 345 gramos de pollo. Lo insultante es anunciar esa cantidad como si fuera un logro administrativo digno de aplausos. Es la normalización de la pobreza elevada a política pública. Pretenden que la gente agradezca una ración que en cualquier lugar del mundo serviría apenas para preparar una comida sencilla, mientras quienes administran el desastre jamás hacen una cola ni dependen de una libreta para llenar la mesa.
Después se preguntan por qué tantos quieren irse. No es solo por el pollo, ni por los frijoles, ni por el arroz. Es por el desprecio que encierra un anuncio como este. Cuando un régimen cree que repartir 345 gramos de pollo merece una publicación oficial, el problema dejó de ser el hambre.
El problema es que ya perdieron hasta la capacidad de sentir vergüenza.






