
El dinero que no existe: el último eslabón de la miseria cubana
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Ya sabemos que en Cuba no hay electricidad, que los apagones son la norma y no la excepción. Ya sabemos que la comida escasea, que el agua llega con cuentagotas y que los medicamentos son un lujo que pocos pueden costear. Pero hay un detalle que el régimen prefiere no mencionar, un problema que se suma a la larga lista de carencias y que golpea a los cubanos donde más duele: no hay dinero. Ni en los bancos, ni en los cajeros automáticos, ni en los bolsillos de la gente. El efectivo se ha convertido en un objeto de deseo tan escaso como la gasolina o el pan.
Los cajeros automáticos, cuando funcionan, son un espejismo. La mayoría están vacíos, y los pocos que dispensan billetes lo hacen con cuentagotas. Sacar dinero se ha convertido en una odisea: hay que madrugar, hacer colas interminables y, si tienes suerte, obtener una cantidad ridícula que no alcanza ni para comprar un cartón de huevos en el mercado negro. Pero el régimen, lejos de solucionarlo, ha optado por mirar hacia otro lado, dejando que la población se las arregle como pueda mientras los dirigentes disfrutan de efectivo asegurado y productos que el resto del país solo ve en sueños.
La situación empeora cuando se trata de las mipymes, esos pequeños negocios que el gobierno tolera pero no termina de aceptar. Sus dueños se enfrentan a un dilema imposible: las transferencias bancarias no funcionan porque la conexión a internet es un mito, y cuando lo hacen, los almacenes mayoristas no las aceptan. Así que el efectivo se convierte en el único medio de pago viable, pero el efectivo no existe. Es un círculo vicioso que ahoga a los emprendedores y mantiene la economía en un estado de asfixia perpetua, justo como el régimen quiere.
El castigo de la digitalización
Y en medio de este caos, los trabajadores de los bancos han encontrado su propio negocio. En algunos municipios, si quieres sacar tu propio dinero, te cobran un porcentaje que va del 5 al 10% del total. En lugares como Villa Clara, la comisión puede llegar al 40%. Cuarenta por ciento por acceder a tu propio dinero, el mismo que el gobierno te ha dado con cuentagotas. Es el colmo de la desfachatez, una mordida legalizada que el régimen tolera porque le conviene mantener a su gente contenta a costa del sufrimiento ajeno.
Pero los más golpeados son los ancianos, esos que sobrevivieron a décadas de promesas vacías y ahora apenas pueden sobrevivir al día a día. Sus pensiones, ya de por sí miserables, se encuentran cada día con el «no hay dinero» de los bancos. Tienen que hacer colas enormes para sacar lo que les corresponde, y cuando llegan al frente, descubren que el banco no tiene efectivo. Es la humillación final para quienes dieron toda su vida por una revolución que solo les ha devuelto hambre, desprecio y la certeza de que su futuro nunca llegó.
La digitalización fue otro golpe sucio del gobierno, una forma de lavarse las manos y pasar el problema a la población. Ahora los cubanos no solo no tienen dinero, sino que tampoco tienen cómo acceder al poco que les queda. Los dirigentes, mientras tanto, viven en su burbuja de privilegios, con el efectivo garantizado y los productos asegurados. Para ellos, la crisis no existe. Para el pueblo, es la única realidad. Y mientras sigan sin resolver este problema, la miseria seguirá siendo la única herencia que el castrismo deja a su paso.






