«El único crimen que Agatha Christie no aclaró

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Esa mujer convirtió el misterio en literatura, y una noche de diciembre de 1926, decidió vivir uno propio. Agatha Christie salió de su casa, subió a su coche y se desvaneció como si hubiera escrito su propia desaparición. Tenía 36 años, la herida de la muerte de su madre aún abierta y un matrimonio hecho pedazos por la infidelidad de Archibald. El amor se le había escapado de las manos y ella, en lugar de agarrarlo, eligió perderse.

A la mañana siguiente, el automóvil apareció abandonado en Surrey, con el morro hundido entre los arbustos y un abrigo de piel dentro, como un escenario vacío. Pero el cuerpo no estaba, y el misterio se convirtió en noticia. Policías y voluntarios rastrearon bosques y lagos, mientras la prensa llenaba sus portadas con la foto de la reina del crimen desaparecida. Algunos hablaron de accidente, otros de suicidio, y no faltó quien señalara a Archibald y su amante, Nancy Neele, como los culpables de aquella huida.

Sin embargo, a cientos de kilómetros, en el elegante Swan Hydropathic Hotel de Harrogate, una tal Teresa Neele vivía plácidamente. Leía periódicos, cenaba con calma y asistía a los bailes del salón, sin que nadie reparara en aquella mujer que llevaba el apellido de la rival que le robaba el marido. Once días duró aquella doble vida, once días en los que Inglaterra buscaba a Agatha mientras ella, bajo un nombre prestado, observaba su propio drama desde la barrera.

"El único crimen que Agatha Christie no aclaró

La partitura de la orquesta del hotel fue la que delató a la escritora. Los músicos la reconocieron y Archibald acudió al rescate, pero Agatha no lo reconoció, o quizás no quiso hacerlo. Los periódicos hablaron de amnesia, de una caída, de un ataque de nervios; otros susurraron que todo fue un plan urdido para humillar a su esposo. Nunca se supo la verdad, y ella, maestra del engaño, se llevó el secreto a la tumba.

Agatha Christie se separó, siguió escribiendo y creó crímenes perfectos que desconcertaron al mundo. Pero aquella desaparición de once días fue su única historia sin desenlace, su novela inconclusa. Nadie supo nunca por qué eligió aquel hotel, ni por qué tomó el apellido de su rival, ni qué recordaba realmente cuando salió de casa. Fue el único misterio que ella, la reina del suspense, decidió no resolver jamás.

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