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Por Oscar Durán

La Habana.- «Cree el ladrón que todos son de su condición», escribió Miguel Díaz-Canel en Facebook. Y, por primera vez en mucho tiempo, estuvo cerca de decir una verdad. Solo que olvidó mirarse en el espejo antes de publicar.

Si hay un gobierno que lleva más de seis décadas culpando a otros de sus propios fracasos, es precisamente el suyo. En Cuba no falta comida por culpa del Departamento de Estado, ni se va la corriente porque Marco Rubio apriete un botón desde Washington. Eso ocurre porque el modelo económico que defienden hace rato hizo cortocircuito.

El Puesto a Dedo vuelve a desempolvar el mismo libreto de siempre: terrorismo, plagas, magnicidios, guerra psicológica y bloqueo. Un guion tan viejo que ya parece un disco de vinilo rayado. Mientras tanto, el cubano de a pie sigue haciendo colas para comprar pan, rezando para que no le quiten la electricidad y buscando un antibiótico como si estuviera cazando un unicornio. El problema es que el pueblo vive en 2026 y el discurso oficial sigue estacionado en la Guerra Fría.

Habla de agresiones contra Cuba como si el mayor enemigo del país estuviera a 150 kilómetros y no sentado en el Palacio de la Revolución. Porque hace falta descaro para escribir semejante publicación cuando millones de cubanos han tenido que abandonar la isla huyendo, precisamente, del sistema que él representa.

El bloqueo no obliga a un médico a manejar un bicitaxi, ni hace que un ingeniero venda croquetas para sobrevivir. Tampoco explica que un país rodeado de mar no tenga pescado, ni que una tierra fértil importe buena parte de los alimentos que consume.

Dice también que la Revolución jamás ha obrado para dañar al pueblo estadounidense. El detalle es que tampoco ha dejado de dañar al pueblo cubano. Ahí están los apagones interminables, los hospitales sin recursos, los salarios pulverizados y una economía que sobrevive a base de remesas y de las maletas que envían los familiares desde ese mismo país al que tanto demonizan. La ironía es deliciosa: el enemigo financia, en buena medida, la supervivencia de miles de hogares cubanos.

Cada vez que Díaz-Canel publica uno de estos manifiestos ocurre lo mismo: habla durante varios párrafos de Estados Unidos y ni una sola línea sobre el hambre, la inflación, la inseguridad o el colapso de los servicios básicos en Cuba.

Es la vieja estrategia del ilusionista: mover una mano para que nadie mire la otra. Pero el truco ya no funciona. El cubano no necesita leer informes del Departamento de Estado para saber quién lo tiene viviendo entre apagones y escasez. Le basta con abrir la nevera, mirar el reloj cuando se va la corriente y recordar quién lleva décadas gobernando la isla.

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