
El vino sagrado que salvó a California
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Corrían los primeros años del siglo XX y California vivía una luna de miel con el vino. Sus caldos no solo eran un negocio boyante, sino que empezaban a competir en los concursos internacionales con los orgullosos bodegueros europeos. Entonces llegó un puñado de pastores protestantes, unos cuantos industriales muy interesados en que sus obreros no llegaran a trabajar el lunes con resaca, y una amiga de toda la vida de los reformadores morales estadounidenses: la Ley Seca. Y California, que iba camino de convertirse en la Borgoña del Pacífico, se quedó a las puertas del desastre.
El Movimiento por la Templanza llevaba dando la vara desde el siglo XIX, primero pidiendo moderación y acabando, como toda cruzada moral que se precie, exigiendo la abstinencia total y universal. Predicadores protestantes, industriales sin pizca de vocación moralista y una pizca de racismo ambientaron la fiesta: la Prohibición prometía menos accidentes, menos absentismo y más productividad. El 28 de octubre de 1919, el Congreso aprobó la Volstead Act, prohibiendo la fabricación, venta, transporte e importación de bebidas alcohólicas en todo el país.
Los agujeros de la ley
California tenía casi mil bodegas antes de la ley, y llegó a la derogación con unas ciento cuarenta en pie. El ochenta o noventa por ciento del tejido bodeguero, borrado del mapa. Las postales de los años veinte son las de siempre: alcohol de contrabando cruzando la frontera canadiense, alambiques caseros en el sótano, tugurios clandestinos con contraseña en la puerta y la mafia forrándose mientras el Estado hacía como que controlaba la situación. Entre medias, cientos de bodegas californianas se quedaron sin negocio legal y sin más salida que el cierre.
Pero la Volstead Act, como toda ley redactada por gente que cree que puede legislar contra la naturaleza humana, tenía dos agujeros: el Título II permitía el licor con fines medicinales, siempre con receta; y el Título III, el vino con fines litúrgicos. Las bodegas que sobrevivieron hicieron lo que cualquier empresario espabilado haría: firmar contratos con la Iglesia y reconvertirse en proveedoras oficiales de vino de consagrar. Y aquí viene el toque canalla: el vino retirado legalmente de los almacenes con permiso litúrgico pasó de ocho millones de litros en 1922 a once en 1924. Un incremento del treinta y ocho por ciento en solo dos años, justo en pleno reinado de la abstinencia forzosa.
Así que, o Estados Unidos vivió el mayor despertar religioso de su historia, con parroquias celebrando misa cada dos horas, o una parte nada desdeñable de ese vino se desviaba hacia usos bastante menos sacramentales. Hagan sus apuestas. Entre curas que hacían las veces de distribuidores y bodegueros que descubrieron que lo sagrado vende mejor que lo profano, el vino californiano aguantó el tipo hasta que en 1933 el sentido común volvió a Washington. La Ley Seca pasó a la historia como uno de los experimentos sociales más absurdos y divertidos de la historia americana.






