
El Danubio se seca y la historia emerge
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El Danubio, ese río que durante siglos ha sido testigo de imperios, batallas y comercios, está agonizando. En Budapest, su nivel ha descendido hasta los 41 centímetros, rozando el mínimo histórico de 33 que se registró en octubre de 2018. Lo que debería ser una corriente poderosa, una arteria líquida que atraviesa Europa, se ha convertido en un hilillo de agua que apenas besa las piedras del lecho. Y no es solo una cuestión de números: es una advertencia. El río, que normalmente mide entre cuatro y seis metros de profundidad en el centro de la ciudad, hoy parece un espejismo.
Cuando el agua baja de los 95 centímetros, ocurre algo que los húngaros conocen bien. En el malecón de Buda, emerge una roca que el río normalmente oculta. No es una piedra cualquiera. Es la famosa «piedra del hambre», un bloque del monte Gellért que, desde la Edad Media, se ha convertido en un presagio de malos tiempos. Cada vez que el Danubio la deja al descubierto, los ancianos del lugar recuerdan las historias de sus abuelos: la piedra anuncia hambruna, malas cosechas y años de sufrimiento. Y este año, la roca está visible. Muy visible.
Hoy, junto a ella, se ve también una hilera de cantos rodados que conducen hacia su base. Es un espectáculo que solo ocurre en años extremadamente secos. Los turistas toman fotografías sin saber que están fotografiando un cementerio de esperanzas. Porque esa piedra no es un monumento al pasado, sino un mensaje al presente: el río se está muriendo, y con él, la vida que depende de él. Los cruceros turísticos han suspendido sus recorridos al norte de la ciudad. La empresa Mahart lo ha confirmado: del 13 al 19 de julio, no hay navegación posible. El Danubio ya no es navegable.
La Piedra del Hambre y el mensaje del río
Los meteorólogos lo explican con datos: una primavera seca, una primera mitad del verano calcinante, la falta de nieve en los Alpes, donde nace el río. Pero las cifras frías no cuentan la historia completa. La sequía no es solo un fenómeno climático, sino un recordatorio de que la naturaleza también sabe ajustar cuentas. Mientras Europa celebra el verano, el Danubio se encoge, y con él, los lagos Balatón y Velence, que también se acercan a sus mínimos históricos. Es como si el continente entero estuviera sediento.
La «piedra del hambre» es más que una curiosidad geológica. Es un símbolo de cómo nuestros antepasados leían el paisaje. No tenían satélites ni modelos climáticos, pero sabían que, cuando el río enseñaba sus entrañas, algo malo venía. Y nosotros, que tenemos toda la tecnología del mundo, seguimos sin aprender la lección. Seguimos quemando, contaminando y extrayendo, mientras el agua se escurre entre nuestros dedos. La piedra no miente. La piedra solo recuerda.
Mañana, según los pronósticos, el nivel podría empezar a subir. Quizá el fin de semana el Danubio recupere algo de su dignidad. Pero la piedra ya ha hablado. Y su mensaje no se borra con un par de días de lluvia. La sequía, como la historia, deja marcas. Y cuando el agua vuelva a cubrir la roca, los húngaros sabrán que, por esta vez, el río les ha dado un respiro. Pero la próxima vez, quizá, la piedra no sea solo una advertencia. Quizá sea un epitafio.






