
La finca.
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- En una finca, que es lo mismo que una hacienda, existe una jerarquía estructural. Primero está el asentado y su familia; luego, el administrador; le sigue el capataz y, por último, los trabajadores. Así funciona una hacienda actual, donde los procesos productivos se basan en la organización y, en condiciones ideales, en el respeto mutuo.
Sin embargo, en la hacienda colonial los trabajadores no eran considerados tales, sino esclavos que trabajaban bajo un sistema impuesto. Recibían una remuneración controlada por el propio hacendado mediante una moneda acuñada por él, que solo podía utilizarse dentro de sus dominios.
Esa imagen de la hacienda colonial, salvando las distancias históricas, es la comparación que muchos hacen con la Cuba actual. Un país donde, según esta visión, existe una familia que concentra el poder, un administrador de nombre Miguel Díaz-Canel, un capataz de nombre Manuel Marrero y millones de cubanos que trabajan para sostener un sistema donde el salario se recibe en una moneda nacional con un poder adquisitivo limitado y que, en la práctica, está condicionada por los espacios donde puede ser utilizada.
Nadie se cuestiona nada
¿Alguien puede sorprenderse entonces cuando un miembro designado por esa familia habla en nombre de millones de cubanos?
La respuesta es no. Porque, bajo esta interpretación, ni el administrador ni el capataz tienen la autoridad real para decidir; su función es ejecutar las directrices de quienes poseen el poder. Por eso, cuando el nieto de Raúl Castro declaró que él era la persona autorizada para conversar con Estados Unidos, no hizo más que revelar, a su manera, quiénes son los que realmente toman las decisiones.
Sus palabras fueron más allá. Expresó que recibía informes de inteligencia privilegiada que luego discutía con Raúl, que viajaba por el mundo en representación de la familia y que incluso podía disfrutar privilegios, como asistir a juegos de béisbol en Nueva York, mientras lamentaba que los cubanos no pudieran vivir como él.
Algunos defensores de ese modelo familiar de poder criticaron el comportamiento del nieto de Raúl Castro, con la absurda idea de que el modelo es sinceramente revolucionario. Pero la respuesta llegó rápidamente: el capataz salió a justificarlo, afirmando que Raúl Guillermo estaba autorizado por las altas esferas del Partido y del Gobierno para asumir esa responsabilidad.
En resumen, desde esta perspectiva, la dirección de la hacienda la ejercen los hacendados, no el administrador, ni el capataz, ni mucho menos los esclavos, sino los dueños de la finca.






