El apagón y la fecha: la combinación perfecta que los Castro no supieron ver venir

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- No es casualidad, nunca lo es en esta isla donde hasta el viento parece conspirar. Pero hay quienes quieren hacernos creer que la caída del Sistema Eléctrico Nacional, por enésima vez en dos años y segunda en una semana, es un capricho de la tecnología, un error de cálculo, un sabotaje de la naturaleza. Y entonces aparece el 11 de julio, ese fantasma que los uniformados no logran exorcizar, y el calendario se convierte en un puñal que el régimen no sabe cómo esquivar.

Porque no es lo mismo que se vaya la luz un martes cualquiera, cuando el pueblo está adormecido por la rutina y el cansancio, a que se vaya la luz a horas de cumplirse cinco años del más grande levantamiento que haya conocido esta generación. El 11J no es un día, es una herida abierta, y el régimen, con su torpeza monumental, acaba de echarle sal.

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Los de siempre dirán que fue un accidente, que los vientos de una tormenta local en Jarucol, que las averías en la termoeléctrica, que el bloqueo, que el imperio, que la luna y que el sol. Pero hay otra versión que corre por los pasillos de la burocracia, esa que nadie se atreve a decir en voz alta pero que todos susurran cuando apagan el micrófono: ¿y si fue una mano negra?

Porque no es la primera vez que los que manejan los cables y los transformadores, esos mismos que ven cómo sus hijos se van y sus neveras se vacían, deciden que ya es suficiente. Ellos saben que el malestar no se mide en voltios, sino en horas sin electricidad, en días sin comida, en meses sin esperanza. Y si el castrismo cree que los apagones son un problema técnico, es que han olvidado que la paciencia de un pueblo también tiene un fusible, y este está a punto de saltar.

El Cangrejo en medio de todo

Y entonces, en medio del ruido de los generadores y la oscuridad que se extiende como una mancha de aceite, aparece el nieto. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, ese que ni siquiera los más viejos del lugar sabían que existía, se ha autoproclamado el nuevo mesías de las negociaciones, el que va a sentarse con Trump, con Marco Rubio, con quien haga falta, para salvar lo que su abuelo y su tío han destruido.

Y el régimen, que ya no sabe si reír o llorar, se ha partido en dos: unos lo defienden, otros lo desprecian y los más inteligentes se agarran la cabeza y se preguntan qué clase de circo es este. Pero el circo no es el nieto, el circo es la descomposición, la podredumbre de una cúpula que ya no controla ni a sus propios herederos, que ve cómo las grietas se abren y por ellas se cuela el ruido de la calle.

No es difícil imaginar lo que viene. Porque cuando el poder se fragmenta, cuando los Castro discuten entre ellos y los voceros se atragantan con sus propias palabras, la calle, esa que siempre ha sido más lista que sus gobernantes, lo huele. Y el 11 de julio no es un aniversario más, es una fecha que late en el pecho de cada cubano que salió a gritar hace cinco años, que fue golpeado, encarcelado, silenciado, pero que no olvidó.

Ahora, con el país a oscuras, con los teléfonos descargados y las neveras tibias, el régimen sabe que no puede apagar la memoria con un apagón. Ellos esperaban algo así, por eso ha salido Díaz-Canel a dar entrevistas, a decir que todo está bajo control, mientras la realidad le escupe en la cara y le recuerda que el control es un espejismo.

El miedo y el silencio de EEUU

Los que mandan, los que siempre han mandado, están atrapados en su propia telaraña. Porque si el apagón fue un error, son incompetentes; y si fue una mano negra, han perdido el control de su propia casa. Y encima, el nieto de Raúl Castro, ese que ni siquiera sabe cómo se llama el viento que sopla en la isla, pretende negociar con Trump mientras la Casa Blanca guarda un silencio que pesa más que un misil.

Pero el silencio de Washington no es indiferencia, es estrategia, es la paciencia de quien sabe que el enemigo se está desmoronando solo, sin necesidad de apretar el gatillo. Y mientras tanto, el 11J se acerca, y con él, la posibilidad de que el polvorín que han estado alimentando con apagones, escaseces y mentiras, finalmente estalle.

Y entonces, cuando todo parezca perdido para el castrismo, cuando los generales miren a los nietos y los nietos miren a los generales, la calle volverá a hablar. Porque el 11J no fue un accidente ni un capricho de la historia, fue el primer aviso, y este apagón puede ser el segundo.

El régimen está en sus estertores, lo saben ellos y lo sabemos nosotros, y cada vez que intentan apagar la luz para esconder su propia podredumbre, lo único que logran es encender la mecha de una nueva rebelión.

Que se preparen, porque esta vez, la oscuridad no los va a proteger, al contrario: los va a delatar. Y cuando el sol salga de nuevo sobre esta isla, quizás ya no sea para alumbrar a los mismos de siempre.

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