
¿En qué momento normalizamos la tragedia?
Por Oscar Durán
La Habana.- No sé en qué momento dejamos de asombrarnos. Cuba entera puede pasar horas y horas sin electricidad, y ya casi nadie reacciona. Los apagones dejaron de ser una emergencia para convertirse en paisaje. Nos acostumbramos a cocinar cuando aparece la corriente, a dormir empapados de sudor, a perder la comida del refrigerador y a mirar el techo esperando que, por casualidad, vuelva la luz. Lo extraordinario terminó pareciendo normal.
Lo más peligroso no son los apagones. Lo verdaderamente peligroso es la resignación. Un pueblo puede sobrevivir a muchas crisis, pero empieza a perder cuando deja de indignarse. Cuando la tragedia se vuelve rutina, la capacidad de exigir cambios también se desgasta. Esa es la victoria silenciosa de cualquier desastre prolongado: convencerte de que no hay otra forma de vivir.
Mientras tanto, la vida sigue deteriorándose. Un hospital sin electricidad estable trabaja al límite. Un anciano pasa la noche sin poder encender un ventilador. Un niño intenta dormir entre el calor y los mosquitos. Un pequeño negocio pierde la mercancía que tanto esfuerzo costó conseguir. Detrás de cada apagón hay miles de historias que nunca salen en un parte oficial, pero que explican mejor que cualquier estadística el desgaste de un país.
Lo más triste es escuchar frases como «hoy solo fueron seis horas» o «esta vez vino antes la corriente», como si hubiera que agradecer lo mínimo. Esa forma de hablar demuestra hasta qué punto han cambiado nuestras expectativas. Ya no aspiramos a un servicio estable; celebramos que el problema sea un poco menos grave. Cuando un pueblo empieza a conformarse con eso, algo muy profundo se ha roto.
Por eso vale la pena hacerse la pregunta una y otra vez: ¿en qué momento normalizamos la tragedia? Porque un apagón puede durar unas horas, pero la costumbre de aceptar lo inaceptable puede durar generaciones. Ninguna sociedad debería acostumbrarse a vivir en la oscuridad, ni en la que apaga las bombillas, ni en la que termina apagando la esperanza.






