
El lujo del Comandante
Por Jorge Sotero
La Habana.- Qué poco le duró el luto a Guillermo García Frías. Cuando a esta hora los millones de infelices cubanos hacen malabares para conseguir un pedazo de pollo, una libra de arroz o simplemente mantener encendido un bombillo durante unas horas, uno de los históricos comandantes de la Revolución aparece sentado, muy cómodo, en un restaurante de lujo, vestido con el mismo uniforme militar que durante décadas simbolizó el sacrificio, la austeridad y la igualdad que tanto pregonó el régimen.
La imagen habla por sí sola. Un enorme corte de carne sobre la mesa, copas de cristal, atención personalizada y un ambiente reservado que está a años luz de la realidad que viven once millones de cubanos. Esa Cuba donde la carne de res sigue siendo un lujo inalcanzable para la inmensa mayoría y donde miles de jubilados sobreviven con pensiones que no alcanzan ni para comprar los alimentos básicos de una semana.
Lo más llamativo no es únicamente el escenario. Es la contradicción. El uniforme verde olivo ya no representa una revolución; representa una casta privilegiada que disfruta de todo aquello que durante décadas le negó al pueblo. Los mismos que pedían resistencia, sacrificio y creatividad son quienes mejor comen, mejor viven y jamás hacen una cola.
Y todavía hay quien se pregunta por qué el pueblo perdió la fe.
La fotografía llega apenas días después de la muerte de Ramiro Valdés. El discurso oficial hablaba de dolor, respeto y solemnidad. Sin embargo, el duelo parece haber durado muy poco. La mesa servida terminó imponiéndose al luto.
Desconozco si el restaurante pertenece a Guillermo García Frías o si simplemente fue un cliente más. En realidad, da igual. Lo verdaderamente importante es el mensaje que transmite la imagen: mientras Cuba se hunde entre apagones, escasez y hospitales sin medicamentos, los viejos comandantes continúan viviendo una realidad completamente distinta.
Hay fotografías que no necesitan explicación. Esta es una de ellas. Un comandante nonagenario degustando un filete en un salón elegante, vestido de militar, en un país donde millones de personas apenas pueden llevar un plato de comida a la mesa.
La Revolución prometió igualdad. Lo que terminó construyendo fue una élite que vive como nunca vivió el pueblo al que juró defender.






