El Cancerbero

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Según la mitología griega, Cerbero era un legendario perro de tres cabezas encargado de custodiar las puertas del infierno, impidiendo la salida de los condenados y vigilando el reino de las sombras.

Ha muerto el cancerbero del régimen cubano. A los 94 años falleció Ramiro Valdés, considerado por muchos como el arquitecto de la maquinaria represiva de la Revolución. Fue el hombre que perfeccionó en Cuba los métodos de control político inspirados en el estalinismo y que, para algunos, los llevó incluso más lejos.

Ocupó en dos ocasiones el cargo de ministro del Interior: la primera por convicción ideológica y la segunda para endurecer aún más los mecanismos de represión. Si colocamos a este personaje en su contexto histórico, resulta difícil encontrar en la historia contemporánea de Cuba una figura tan estrechamente vinculada a la persecución política, el encarcelamiento de opositores y la vigilancia sistemática de la sociedad.

Ramiro Valdés no solo contribuyó a perfeccionar la represión en Cuba, sino que también exportó sus conocimientos y experiencias a otros países de América Latina. Venezuela y Nicaragua son dos de los ejemplos más conocidos.

El perro de la revolución

Fue un maestro en el arte de la represión y, como auténtico cancerbero de la Revolución, se encargó de mantener bajo control cualquier manifestación de disidencia, pensamiento independiente o crítica al sistema.

Sin embargo, la muerte le evitó enfrentar el juicio de la historia en una eventual Cuba libre. De haber vivido para presenciar ese momento, probablemente habría tenido que responder públicamente por sus actos y por el sufrimiento que, según sus detractores, ayudó a imponer sobre generaciones de cubanos.

Porque eso mismo les ocurrirá, tarde o temprano, a todos los cancerberos que aún permanecen custodiando las puertas de un sistema agotado. La historia suele ser implacable con quienes confunden el poder con la impunidad, y ningún régimen, por fuerte que parezca, escapa para siempre al veredicto del tiempo.

Mi consejo no cae en saco roto, cae en la experiencia histórica de la política cubana y la caída de Gerardo Machado en 1933 demuestra que cuando un pueblo elige la venganza por encima de la justicia, pagan lo mismo sirios que troyanos.

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