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Por Joel Fonte ()

La Habana.- Hay frases que, dichas por quien las dice, se convierten en un espejo de la propia contradicción. Escuchar a un alto funcionario del régimen cubano afirmar que «no puede haber soberanía con el plato vacío» y que la alimentación del pueblo será, «desde ahora», un asunto de seguridad nacional, provoca un escalofrío que no es solo retórico. Porque esas mismas ideas —la urgencia de una alimentación digna, la necesidad de un Estado que garantice el bienestar de los ciudadanos— han sido utilizadas durante décadas para encarcelar a quienes reclamaban precisamente eso: libertad, justicia y pan. Los llamaron gusanos por soñar con un país donde el plato no estuviera vacío.

Pero el discurso del Singao, pronunciado por quien encarna la continuidad de un sistema que ha vegetado durante 67 años en el poder, desmiente el relato de ayer. La misma voz que durante décadas pregonó la omnipotencia del Estado por encima del individuo, que construyó un aparato de control férreo sobre cada aspecto de la vida cotidiana, que convirtió la disidencia en delito y la necesidad en crimen, ahora habla de soberanía alimentaria como si fuera una revelación. Como si el problema no hubiera sido siempre el mismo: un modelo que prioriza el poder sobre las personas.

Sin embargo, detrás del maquillaje de las palabras, el proyecto sigue intacto. Las medidas anunciadas no buscan una verdadera democratización del país, ni siquiera una apertura económica total. Son, en el mejor de los casos, un intento desesperado por ganar tiempo frente a las amenazas externas; en el peor, una burla a la inteligencia de un pueblo que ya ha visto demasiadas promesas rotas. Porque ¿cómo puede haber libertad económica si el régimen sigue siendo el gran decisor, el que controla un aparato de justicia que solo se perfecciona como mecanismo de represión política? ¿Cómo confiar en un cambio que no viene acompañado de un verdadero Estado de derecho, donde la igualdad ante la ley no sea una ficción?

¿Reformas? ¿Y los cimientos?

La historia nos ha enseñado que las reformas sin democracia son como construir una casa sin cimientos. No hay transformación real sin elecciones libres, sin pluralidad política, sin una prensa independiente que pueda denunciar la corrupción sin temor a represalias. No hay soberanía posible sin el derecho a la libertad de expresión, de reunión, de manifestación. Esa es la lección que el régimen ha ignorado durante décadas. Y que ahora, desde la misma cúpula que ha encarcelado a quienes defendían esos derechos, pretenda enseñarnos la receta de un cambio que siempre estuvo en sus manos y que nunca quiso aplicar, es una ofensa que no debería pasar desapercibida.

Fingen abrir la mano, pero mantienen el puño cerrado sobre la esencia del poder. Ofrecen migajas de autonomía económica mientras blindan el control político absoluto. Y nos piden que les creamos. Pero nosotros hemos visto demasiado, hemos sufrido demasiado, para confundir una estrategia de supervivencia con un acto de generosidad. No queremos que quienes nos han robado, saqueado y encarcelado vengan ahora como salvadores. No necesitamos que quienes han sido el obstáculo para el desarrollo real de la nación se erijan en sus arquitectos.

Hay un momento en la vida de los pueblos en que la apatía se convierte en complicidad. Y ese momento, para Cuba, es ahora. Nadie que se considere una persona honesta, decente, con un mínimo de civismo, puede permanecer ajeno a la impostergable necesidad de un cambio verdadero. No el cambio que ellos pretenden imponer para salvar sus privilegios y esquivar sus responsabilidades, sino el cambio que devuelva al pueblo la dignidad que le han arrebatado. Basta de tolerar injusticias. Basta de temor. No más dictadura. Cuba merece más que discursos. Merece hechos.

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