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Por Reynaldo Medina Hernández ()

La Habana.- Desde muy niño escucho esa frase. Mi padre la repetía mucho, y no era el único. Se utilizaba para reflejar la escasez de artículos de primera necesidad. Y, atención jóvenes, que tal vez creen que la miseria y la carestía son males de ahora o surgieron cuando el llamado «período especial», estoy hablando de los años 60 y 70, cuando eso que llaman «la Revolución» era joven y apenas empezaba con los «errores» y «distorsiones» tantas veces multiplicados, reciclados, rectificados, corregidos y aumentados.

De manera que sin saber siquiera qué cosa era una hostia, desde esa temprana edad la asocié con la carencia de productos necesarios para la vida. Con el tiempo supe que era una especie de galletica un poco más grande que una peseta, que le colocaban en la boca a la gente en la iglesia católica. No a todo el mundo, solo a «los hermanos que están preparados».

Tardé un poco más en saber que eso significaba haber recibido otros sacramentos (además del bautizo, que a casi todos «nos toca» por nacimiento). El cura la llamaba «el cuerpo de Cristo», y antes de llevarse a la boca la suya (mucho más grande que las otras), la mojaba en una copa de vino que identificaba como «la sangre de Cristo».

Otras acepciones y ‘memes’

El cine me enteró de que cuando a un niño español le dicen: «Te voy a dar una hostia» no quiere decir que le colocarán la galletica en la boca, sino que le van a zumbar un pescozón. También que los adultos de ese país lo usan como manifestación de asombro o admiración: «¡Hostia, vaya de piernas que se gasta la tía!» (que no precisamente tiene que ser su tía ni un carajo, sino una tipa cualquiera en la calle).

La metáfora nunca ha dejado de usarse en Cuba, aunque conviviendo con otras más profanas como: «esto está como San Nicolás del Peladero» (en alusión al humorístico televisivo escrito por Carballido Rey), o «no hay ni dónde amarrar la chiva».

Por cierto, uno de aquellos años, no recuerdo cuál, porque todos fueron igual de malos, parodiando la manía del Gobierno cubano de ponerle nombre a todos, se hizo popular en el mes de diciembre un chiste (entonces no se les decía memes). Alguien informaba: «El año que viene va a llamarse ‘‘Año de la chiva suelta’’», y cuando le preguntaban por qué, respondía: «Porque no va a haber ni dónde amarrar la chiva». Insisto, gente joven, hablo de hace más de 50 años atrás.

Las hostias de verdad… racionadas

Al principio no entendía bien el significado de la metáfora de la hostia y la miseria. Hasta que asimilé lo jodidamente mal que tenía que estar un pueblo para que no hubiera ni hostia en la misa. Entonces me sonó genial, y con una contundencia irrebatible: ¡No hay ni hostia!

Pues bien, a ese punto hemos llegado en Cuba: no hay ni hostias. No lo digo yo, lo dicen en las redes sociales las monjas carmelitas descalzas de La Habana, que son quienes desde su convento en El Vedado las elaboran para todas las iglesias católicas del país, y otras congregaciones cristianas que también las usan en su liturgia (de eso me enteré por la propia publicación).

Ojo, que tampoco es la primera vez. Ya en 2022 hubo una gran crisis por falta de harina de trigo (de pan, como decimos los cubanos), el ingrediente fundamental para elaborarlas, pues en realidad una hostia no es una galletica, como me parecía a mí de lejos, sino una especie de pan ácimo (sin levadura).

Esta vez la razón es, y no podía ser otra, la inestabilidad del servicio eléctrico, es decir, los ya conocidos apagones. En un mensaje dramático y conmovedor, las hermanas han anunciado la escasez del sagrado producto, y la necesidad de ¡racionarlas! ¿Tocará entonces a cada fiel que asista a misa media hostia, un cuarto de hostia? ¡Santo Dios! (nunca mejor dicho).

Estamos jodidos

¿Qué le espera a un pueblo que ni siquiera puede elaborar la representación simbólica del cuerpo de Cristo. Porque ya la del cuerpo del Hombre (su Hijo), que vendría a ser el pan «de la libreta», en su rol de «pan nuestro de cada día» (por cierto apenas un poquitín más grande que una hostia), está en crisis hace mucho tiempo.

En La Habana su distribución es tan inestable que es rara la semana que no lo tumban un día o dos. En las provincias del interior es rara la semana que lo garantizan un día o dos.

Y a todas estas… ¿qué bolá con la chiva? Pues cada día hay menos, porque el hambre no cree ni en chivo viejo con berrenchín, ahorita ni para «trabajos» de santería. Nada, que ni para Dios ni para los orishas. Entonces, ¿quién va a protegernos?

Así de jodidamente mal estamos.

No hay ni hostia.

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