
El castrismo no quiere que llegue el viernes
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Este viernes, mientras algunos siguen discutiendo si la yuca está muy cara o simplemente imposible, Estados Unidos e Israel van a firmar un acuerdo para terminar la guerra. Ojo, que nadie se emocione: no es un tratado de paz, eso suena a flores y abrazos. Es solo un entendimiento, un papelito con bordes filosos que servirá de condicionante para lo que venga después.
El mundo entero respalda el pacto, que ha sido cocinado a fuego lento entre las cúpulas de ambos países. El mundo entero, claro, menos Cuba. Porque Cuba, ese pedacito de tierra que se nos quedó atravesado en el alma, siempre tiene que llevar la contraria, aunque le vaya la vida en ello.
¿Y por qué Cuba no respalda el fin de la guerra? Porque el régimen, ese viejo dinosaurio que se niega a entender que el tiempo pasó, apostaba a que el conflicto siguiera. Necesitaba que Washington se desangrara en Oriente Medio, como un boxeador grogui que ya no levanta los brazos. Sin importarles los muertos, los huérfanos, los que quedaron bajo los escombros.
Lo que querían era ganar tiempo, porque ellos saben —y eso sí lo han entendido bien— que Donald Trump, una vez termine con Irán, tiene la mirada puesta en esta isla. Lo dijo, no fue un secreto de confesión: no le gusta meterse en dos conflictos a la vez, pero advirtió que después de Teherán, pasaría por Cuba para poner orden. Y ahí, en esa frase corta, empezó el verdadero temblor en La Habana.
La hora de Cuba
Porque los más ilusos del régimen, los que todavía creen que la realidad se doblega con consignas, se tragaron sus propias mentiras. Andaban diciendo que Irán le había hundido un portaviones a Estados Unidos, que había mandado al fondo del mar un acorazado, un navío lanzador de misiles, tres fragatas. Noticias de esas que inventan para que el cubano que aún les cree —que ya quedan pocos, pero los hay— mantenga la fe en el castrismo.
Pero lo de Irán se acabó. Y no, Estados Unidos no necesita las fuerzas que tiene en el Golfo Pérsico para desalojar a la familia Castro, a su administrador Díaz-Canel y a esa cohorte de generales que han convertido la corrupción en un deporte nacional. Sin embargo, la historia ha enseñado que no se deben abrir dos frentes a la vez. Y ya llegó el momento de abrir el frente cubano.
El frente cubano, que es infinitamente más fácil de controlar que el iraní. Porque Cuba ya está derrotada, aunque no quieran aceptarlo. El gobierno no tiene el apoyo de la mayoría del pueblo, eso lo sabe hasta el que vende café en la esquina. Los generales, en su mayoría, no tienen capacidad para mandar tropa alguna. ¿A quién van a mandar? ¿A los muchachos que huyen del Servicio Militar Obligatorio como quien huye de la peste? El arsenal de Cuba está obsoleto o, lisa y llanamente, ya no existe. Es como si alguien hubiera dejado los hierros viejos en el patio de atrás, esperando que el óxido hiciera su trabajo. Lo de Cuba, perdonen que lo diga así de claro, va a ser un paseo para el Pentágono. Vivir para ver.
Lo de Cuba será cuestión de horas
Unos aviones volarán sobre La Habana y crearán terror —que no es lo mismo que crear conciencia, ojo—. Otros lanzarán misiles sobre los radares, sobre alguna pieza de artillería reactiva, sobre donde se encuentre algún viejo avión que todavía pretenda despegar. Y todo terminado. En cuestión de horas, el aparato que nos tuvo asfixiados durante décadas se vendrá abajo como un castillo de naipes mojados.
Claro, luego viene la parte más complicada: la reconstrucción. Porque derrumbar es fácil, cualquiera tira una pared a patadas. Lo difícil es levantar casas, escuelas, hospitales, y sobre todo, levantar la dignidad de un pueblo que ha sido humillado durante demasiado tiempo.
Pero algo hay que hacer primero. Y ese algo empieza este viernes, con un papel que se firma lejos de aquí, en alguna sala con aire acondicionado y paredes de mármol. Por eso, a los que todavía tienen fuerzas para soñar, les digo: no bajen la guardia. Porque después del ruido de los aviones, después del polvo y del miedo, vendrá el silencio. Y en ese silencio, por fin, los cubanos podremos hablar sin mirar hacia atrás. No será fácil, nunca lo es. Pero al menos tendremos la oportunidad de intentarlo. Y eso, mis queridos compatriotas, eso ya es más de lo que tuvimos en sesenta años. Que así sea.






