Tiwanaku, el espejo roto del altiplano

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Antes de que los incas se inventaran a sí mismos como los dueños del sol, ya había luz en Tiwanaku. Mucho antes, mil quinientos años antes de Cristo, cuando nadie hablaba de imperios, esta ciudadela boliviana era el ombligo espiritual del altiplano. Un lugar donde los dioses no estaban arriba, sino caminando entre sus muros.

Porque Tiwanaku no era cualquier pueblo. Era el cosmos hecho piedra. Su arquitectura no se medía en metros, sino en temblor de vértebras. La Puerta del Sol, tallada en un solo bloque de andesita de diez toneladas, no es un monumento: es una advertencia. El dios de los báculos mira fijo, y usted no le gana a esa mirada ni con todo el orgullo del mundo.

Y mientras Europa se lamía las heridas del oscurantismo, aquí ya tenían alcantarillado, templos semisubterráneos y cabezas clavas que aún hoy lo miran a uno con rabia o con pena. Terrazas agrícolas que le plantaron cara a la helada, porque en Tiwanaku nadie se rendía. Hasta que la naturaleza dijo basta.

Una crisis climática, de esas que duran décadas y que ningún dios detiene, les secó la tierra y les partió el alma. Para el año mil cien, el altiplano se quedó huérfano. Tiwanaku no fue vencida por un ejército: la venció la sed. Y entonces se dispersaron como agua entre los dedos.

¿Conocías esta historia? ¿O acaso le cree más a los incas, que llegaron después y se apropiaron del recuerdo? Tiwanaku es la abuela que todos fingen olvidar. Pero ahí sigue, en Bolivia, partida pero entera.

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