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Por Patxi Morales ()

Quemado de Güines.- La noche lleva 45 horas encima, muda y negra, sin un solo cable que devuelva la corriente. En este rincón olvidado de Villa Clara, la oscuridad no es noticia, pero ya se siente en el estómago.

Porque aquí, cuando la electricidad muere, no hay plan B. El gas no llega ni para soñar. Salvo dos o tres enfermos con cuotas milagrosas, nadie tiene una ‘balita’. Keroseno y petróleo se volvieron leyenda urbana. Y ahora, el carbón, esa última tabla de salvación para prender un fueguito y cocinar los frijoles, sencillamente desapareció.

No pasan los vendedores, nadie aparece por el pueblo con una carreta de carbón, no hay en la casa de la abuela que siempre guardaba de todo. Los que aún pueden, esperan. Pero la espera es lujo de pobres. Llegará el momento —y no falta mucho— en que habrá que salir con un machete y un saco a robarle leña a los matorrales, como en tiempos prehistóricos, solo para que los niños no se acuesten otra vez con el estómago vacío.

Y mientras en Quemado de Güines se cocina con ramas verdes y resignación, en ciertos barrios de La Habana la cúpula sigue dándose la buena vida. Se sirven platos calientes tras puertas blindadas, mientras el cubano de a pie se pregunta si este país algún día tendrá un gobierno que no confunda gobernar con sobrevivir.

La isla entera cruje. No es apagón, es agonía. Las escaseces se apilan como escombros: comida, medicina, combustible, esperanza. Y ahora esto: cocinar se ha vuelto una odisea preindustrial. Si no hay un cambio urgente, si no se abre una puerta a la cordura, los cubanos comenzarán a morir a montones. No de bala, sino de silencio, de desidia y de hambre encubierta.

Dios guarde la hora. Porque en Quemado de Güines ya no hay carbón, y sin carbón no hay fuego, y sin fuego la vida se apaga sola.

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