
La alternancia que nunca llega: por qué el castrismo no es una dictadura, sino un concierto criminal
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Existe un principio básico que distingue a las democracias funcionales de las tiranías que se disfrazan de repúblicas: la alternancia en el poder. Que los funcionarios que integran las estructuras del Estado se renueven no es un capricho de la ingeniería constitucional, sino un mecanismo de autocorrección indispensable.
El ejercicio prolongado del poder genera vicios, deformaciones y una familiaridad con el abuso que resultan incompatibles con el interés público. Por eso los sistemas políticos sanos implementan elecciones periódicas, límites de mandato y contrapesos institucionales. No por desconfianza hacia las personas, sino por conocimiento profundo de lo que las personas se vuelven cuando nadie las controla. La alternancia es, en esencia, un antídoto contra la soberbia.
José Martí, que observó con ojo clínico los entresijos del poder en sus Escenas norteamericanas, lo expresó con una claridad que aún hoy corta el aliento: «Todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en casta. Con la casta vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas. Las castas se entrebuscan, y se hombrean unas a otras. Los puestos públicos no son ya el premío del esfuerzo virtuoso, sino la plataforma de las conveniencias».
Martí no hablaba de Cuba; hablaba de los peligros universales del poder sin rotación, de la política convertida en botín, de la república transformada en patrimonio familiar. Pero da la impresión de que estaba describiendo, con un siglo de anticipación, la estructura misma del castrismo.
Casi siete décadas
Porque el castrismo no se renueva, ni se somete a elecciones libres, ni tolera la competencia, ni acepta la fiscalización, ni entrega el testigo. Lleva casi siete décadas controlando el monopolio absoluto del poder en las mismas manos, con el mismo partido único, la misma familia y la misma lógica patrimonial. ¿Por qué? La respuesta fácil es el diseño político marxista, que proclama la dictadura del proletariado conducida por un partido único.
Pero eso es solo el envoltorio ideológico, la coartada teórica para consumo de estudiantes de sociología y turistas revolucionarios. La realidad es mucho más prosaica y mucho más siniestra: el castrismo no es una estructura política que persiga el bien público. Es un concierto criminal, una estructura para delinquir. Solo visto así, como una organización que utiliza el Estado para el saqueo sistemático, puede entenderse que se burle de su propia incompetencia sin consecuencia política ni penal alguna.
Los ejemplos de gobiernos eternizados en el poder son una antología del desastre. Corea del Norte, convertida en un erial donde el hambre es política de Estado mientras la dinastía Kim vive entre coñacs y misiles. Venezuela, desangrada por un chavismo que transformó la renta petrolera en un mecanismo de control social y enriquecimiento de una casta que se reparte los dólares mientras el pueblo hace cola por una bolsa de harina.
Nicaragua, donde Ortega y Murillo han instaurado una monarquía centroamericana con campos de concentración, represión eclesiástica y un desprecio tan absoluto por la vida humana que ya ni se molestan en disimularlo. Y Cuba, claro, la isla que iba a ser el faro de la revolución y terminó convertida en una penumbra perpetua donde el apagón es la única puntualidad que conoce el régimen.
Depredadores del poder
El castrismo es el paradigma de lo que ocurre cuando el poder no rota. Ha sumido al país en la pobreza más indignante, ha destruido el tejido productivo, ha vaciado la isla de jóvenes, ha convertido los hospitales en ruinas y las escuelas en comedores de mala muerte.
Y mientras tanto, la casta —esa que Martí describió con precisión de cirujano— se entrebusca, se reparte los negocios, administra GAESA como si fuera un emirato privado y se protege entre sí con un sistema de impunidad que no tiene parangón en el hemisferio. La alternancia es el enemigo natural de este modelo porque la alternancia significaría, simple y llanamente, el fin del botín.
La lección es universal y dolorosa: sin alternancia no hay democracia, y sin democracia no hay desarrollo. Los países que han logrado prosperar lo han hecho sobre la base de instituciones que rotan, que se fiscalizan, que se corrigen.
Los que han optado por el poder eterno han terminado irremediablemente en la miseria, la represión y el ridículo histórico.
Cuba merece romper ese bucle maldito. Merece elecciones de verdad, partidos que compitan, gobernantes que se vayan a casa cuando pierden. Merece, en fin, la alternancia que devuelve la política a los ciudadanos y arranca el poder de las garras de las castas. Porque como bien sabía Martí, el poder que no rota no gobierna: depreda. Y el castrismo, después de 67 años, ya ni siquiera se molesta en fingir lo contrario.






