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Por Reynaldo Medina Hernández ()

La Habana.- El 23 de octubre de 1869, en el único número publicado del pequeño periódico «La Patria Libre», creado por Martí, apareció su drama «Abdala». Más allá de la historia épica narrada y de los sentimientos de patriotismo y amor filial contenidos, la esencia y el mensaje de la obra quedan expresados en las siguientes líneas:

«El amor […] a la patria
[…] es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca».

Martí tenía apenas 16 años cuando envió tan trascendente mensaje. En esos momentos las cosas estaban bien claras: el dilema de Abdala era sencillo: quedarse junto a la madre amada o partir a combatir a un agresor extranjero. Debía decidir entre Espirta (su madre biológica) o Nubia (la madre patria). Hoy ese dilema es mucho más complicado: no se trata de defender a la patria de quien la oprime y la ataca —eso sigue estando claro—, sino de determinar quién la oprime y la ataca.

El mundo actual está polarizado de una forma que era imposible imaginar hace un par de décadas. Ya no existen los centros, nada de centroizquierda o centroderecha, no hay matices: de acuerdo con tu orientación ideológica, te estigmatizan como comunista o como fascista. Esta aberración, además de ser un craso error y una injusticia, es una manera de trivializar las consecuencias que ambas corrientes extremistas han causado a la humanidad.

Cuba no está ajena a esta polarización, aunque, no podía ser de otra forma, tiene matices muy propios. Aquí también hay dos bandos bien diferenciados, pero después de 67 años con un mismo gobierno en el poder, y en medio de la crisis socioeconómica más profunda de nuestra historia, con las familias divididas, una emigración que desangra al país y una sociedad agotada, hastiada y sin esperanzas, no hay espacio para generalizaciones ideológicas romanticoides: apoyas al gobierno o estás en desacuerdo con su gestión.

El nuevo dilema

Y en medio de esa situación límite, reaparece, 157 años después, el (nuevo) dilema de Abdala.

Quienes apoyan al gobierno suscriben literalmente el mensaje martiano, identificando a quien oprime y ataca a la patria con un factor externo: el gobierno de EE. UU. En tal caso, para ellos solo hay una opción: alinearse a las autoridades cubanas para combatir al «enemigo histórico», y morir si es necesario para preservar «la soberanía».

Aún con todos los problemas que los agobian (que son los mismos para los dos bandos), eligen exonerar de responsabilidades a los gobernantes cubanos y trasladar también esa culpa al «imperialismo». Admiten la necesidad de cambios, pero «los problemas de Cuba se resuelven entre cubanos», dicen. En modo adivinos, anticipan un futuro apocalíptico y visualizan otras banderas ondeando. Por lo tanto, repiten los conocidos versos de Bonifacio Birne como heroico epitafio colectivo.

Por su parte, los que no simpatizan con el gobierno ven las cosas de otro modo. No trasladan la responsabilidad de la situación del país a otro Estado, ni a sus iniciativas para influir en la política interna, sino a las autoridades nacionales, que han dispuesto de casi 70 años para arreglar las cosas, de una manera u otra, sin lograrlo.

Por lo tanto, para este grupo, quienes atacan y oprimen a Cuba están aquí adentro, dirigiendo el país. No creen que los problemas puedan resolverse con un diálogo entre cubanos, porque el gobierno no reconoce como interlocutores a quienes piensan diferente. De hecho, han manifestado decenas de veces su disposición a dialogar con el gobierno de EE. UU., pero nunca con cubanos de la oposición, a quienes descartan, calificándolos como mercenarios, plattistas y vendepatrias.

La respuesta ante las protestas y el ejercicio de elementales derechos individuales como la libertad de expresión, de prensa y de manifestación (aunque están reconocidos en los artículos 54, 55 y 56 de la Constitución de 2019) es siempre la represión y la cárcel.

En un callejón sin salida

Ante este callejón sin salida, se declaran incapaces de enfrentar por sí mismos a un gobierno que dispone de todas las ventajas: el poder, las instituciones, los medios de comunicación y organizaciones militares fuertemente armadas. Es por eso que aceptan la posibilidad de una ayuda exterior, que no necesariamente tiene que ser una invasión, la ocupación de la isla por un ejército extranjero y la anexión a otro país, como afirman sus oponentes.

Consideran varias vías a través de las cuales factores externos pueden influir en la materialización de los cambios que reclaman. Rechazan el argumento de «la soberanía», alegando que ese concepto hace ya muchos años que es apenas una consigna más para justificar posiciones oficialistas.

Recuerdan que insignes patriotas como Céspedes, Agramonte y el más grande estratega militar que ha pisado esta tierra, el Generalísimo, en su momento, no vieron con malos ojos una ayuda limitada por parte de EE. UU., ante la asimetría existente entre el enorme poderío del ejército español y quienes se oponían a él sin los medios y recursos necesarios.

Ambos bandos se vuelven al unísono hacia el guerrero, buscando en él una palabra, un gesto, al menos una mirada de aprobación. Abdala entonces se debate, atormentado en tan desgarrador dilema.

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