
El último cumpleaños del tirano
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Este 3 de junio, mientras Cuba se desmorona entre apagones, colas y desesperanza, Raúl Castro sopla 95 velas. No habrá pastel, claro. Eso sería un lujo inaceptable para el pueblo que él y su hermano condenaron a la miseria perpetua. Pero al general le sobran motivos para celebrar solo: 67 años en la cúpula del poder, primero como fiel escudero de Fidel, luego como presidente de cartón y desde 2018 como el fantasma que mueve los hilos en La Habana. Porque Díaz-Canel sonríe, pero es Raúl quien ordena, decide y firma el destino de 11 millones de cubanos con la misma mano que apretó el gatillo contra los que soñaron con libertad alguna vez.
Mientras el anciano celebra —seguramente con un buen whisky importado y una parrillada que ningún cubano de a pie puede ni imaginar—, la justicia estadounidense sigue reclamando su cabeza. No es por viejo, no. Es por los cuatro pilotos de Hermanos al Rescate que murieron en pleno vuelo, sus avionetas derribadas por un misil ordenado desde la cúpula militar.
Eso no fue defensa de soberanía: fue asesinato a sangre fría, y Raúl lo sabe. Pero como siempre, el régimen se escuda en el bloqueo, la patria o el fantasma de la independencia para tapar sus crímenes. Sin embargo, la paciencia de Washington se agota, y las presiones sobre la isla no han sido nunca tan duras: el mensaje es claro, que se vayan, que dejen a los cubanos decidir su futuro con elecciones libres, algo que los Castro jamás permitieron porque saben que perderían hasta el aire que roban.
Doble moral, mentira y desprecio
Y aquí viene lo bueno: este será su último cumpleaños, o al menos el último que celebre en libertad. Porque el tiempo, ese verdugo implacable, ya llama a su puerta. Pero si la naturaleza se demora, los Navy SEALs podrían adelantar el trámite. No sería la primera vez que la justicia universal alcanza a un dictador: a Maduro ya le están haciendo compañía en el paredón de los escarchados, y a Raúl le toca el mismo destino. Una celda o una tumba, cualquiera de las dos opciones sirven para acercar la libertad a un pueblo que lleva seis décadas pidiendo clemencia mientras sus verdugos se daban la gran vida con yates, cacerías en cayos exclusivos y lujosas mansiones.
Porque eso es lo que más duele: mientras los Castro hundían a Cuba en la pobreza más absoluta, ellos se enriquecían. Raúl hablaba de sacrificio y se iba de cacería a sus cotos privados. Fidel arengaba contra el imperio y vivía rodeado de médicos, escoltas y propiedades que jamás figuraron en sus declaraciones de bienes. La doble moral, la mentira institucionalizada y el desprecio por el sufrimiento ajeno han sido las únicas políticas consistentes del castrismo. Y Raúl, el hermano menor, el que siempre pareció estar a la sombra, resultó ser el más longevo de los depredadores.
Así que sí, que sople las 95 velas. Que beba su champagne mientras los cubanos racionan el agua. Que finja que no le tiembla la mano cuando firma decretos condenando a jóvenes a 20 años de cárcel por pedir comida. Pero que sepa que esta será la última fiesta.
El mundo ya no se traga sus mentiras. Estados Unidos ha apretado las tuercas, la economía se derrumba, el descontento crece y hasta sus leales comienzan a mirar hacia otro lado. Cuando él caiga —por viejo, por bala o por orden de extradición—, Cuba dará su primer suspiro de alivio en 67 años. Y entonces, recién entonces, empezará a ser libre. Ojalá sea pronto. Ojalá sea antes de que otro cumpleaños del tirano nos recuerde que aún sigue ahí, robándonos el futuro.






