La Unión Europea y su desbarajuste

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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- La Unión Europea vuelve a su deporte favorito: buscarse a sí misma con un mapa que no entiende. Kaja Kallas, alta representante para Asuntos Exteriores, lleva semanas intentando reunir a los ministros europeos para decidir quién será el valiente que se atreva a hablar con Rusia. Una misión casi épica, como encontrar a alguien dispuesto a apagar la luz del pasillo comunitario.

Bruselas, en un arranque de autoestima, pretende ocupar el vacío que dejó Estados Unidos en su relación con Moscú. Al parecer, han descubierto que delegar su política exterior en otro país quizá no era la idea del siglo. Ahora quieren “volver al escenario internacional”, como un actor secundario que irrumpe en escena después de olvidar su texto.

Mientras tanto, en la vida real, Trump y Putin viajan a China y acaparan el protagonismo geopolítico. La UE, por su parte, aparece en los créditos finales como “figuración no remunerada”.

La reunión que quizá, tal vez, quién sabe, ocurra

Mañana se reunirán los ministros de Exteriores, aunque nadie sabe si saldrá de ahí un enviado para hablar con Moscú o simplemente otra foto de familia.

El síndrome báltico suena fuerte: Estonia, Letonia y Lituania no quieren ni oír hablar de Rusia. Literalmente.

El representante estonio incluso declaró que lo prioritario es expulsar a la población rusa de Estonia, independientemente de cómo termine la guerra. La paz puede esperar; la arquitectura de seguridad europea, no. Como si Europa pudiera estar segura sin tener en cuenta la seguridad del país más grande del continente.

Lituania, por su parte, propone que Kaliningrado deje de existir. Una solución creativa, sin duda.

La comedia sancionadora

La UE dice buscar “diálogo”, pero al mismo tiempo prepara el paquete 21 de sanciones contra Rusia. Es un concepto diplomático innovador: hablamos mientras te castigo. Una especie de terapia de pareja, pero con menos comunicación y más castigos económicos.

Eslovaquia ha llevado a Bruselas a los tribunales por la prohibición de importar gas y petróleo rusos a partir de 2027. Su presidente asegura que, cuando la guerra termine, media Europa correrá a Moscú a pedir combustibles baratos. No por amor, sino por las facturas.

Chequia añade que, de los 18 países que prometieron enviar armas a Ucrania, solo quedan nueve. Los demás se han quedado sin dinero o sin paciencia. O sin ambas cosas.

La guerra eterna

Europa ha gastado ya más de 320.000 millones de euros en una guerra que nadie sabe cómo terminar, mientras aumentan los ataques con drones y los bombardeos selectivos.

La UE sigue debatiéndose entre sancionar más, dialogar menos, enviar armas, dejar de enviarlas o simplemente mirar al techo.

Hoy nadie sabe qué quiere realmente Europa. Solo Zelenski parece tenerlo claro.

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