
La farsa del perdón: un indulto a la carta para no soltar la verdad
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El gobierno cubano ha vuelto a escenificar su ya conocido ritual de Semana Santa: la Gaceta Oficial dio a conocer una lista de más de dos mil presos indultados, un “gesto humanitario” que la propaganda oficial vende como una bendición divina. Pero basta con leer entre líneas para descubrir que aquí no hay milagro de resurrección, sino una vieja artimaña de poder.
La movida no nace del corazón, sino del hielo de las presiones de Estados Unidos, que ha dejado claro que cualquier alivio significativo al bloqueo pasa por una factura incómoda: libertad para presos políticos, elecciones libres, y ventilación para la prensa y la opinión disidente. Y es ahí donde La Habana, fiel a su estilo, responde con un sí, pero no.
Porque el diablo, como siempre, está en los detalles de esa lista. El propio papel oficial confiesa que al menos 95 de esos beneficiados arrastran delitos contra la Seguridad del Estado, ese cajón de sastre donde el régimen mezcla el robo de una gallina con la lectura de un manifiesto opositor. Y ojo, que esto no es un acta de fe: no todos esos 95 son necesariamente presos políticos, porque la maquinaria judicial cubana lleva décadas perfeccionando el arte de disolver la disidencia en el líquido espeso de los delitos comunes. Pero que nadie sea ingenuo: la coincidencia no es casual, es química de laboratorio estatal.
Un solo preso político
Mientras tanto, las organizaciones que de verdad siguen el rastro de las celdas, como Prisoners Defenders, llevan días rastreando nombre por nombre y apenas han podido certificar a un solo preso político reconocido entre los más de dos mil liberados. ¿Un solo nombre? Exacto: uno.
El resto son condenados por hurtos, desacatos, o riñas vecinales, pero ninguno de esos que duermen en el hueso por haber alzado una pancarta, convocado a una protesta pacífica o simplemente por pensar distinto. Así que la conclusión es tan diáfana como el agua sucia de una celda: esta es una jugada de póquer para aparentar apertura, una cortina de humo que no suelta a nadie incómodo para el poder.
Y el telón de fondo no podría ser más sórdido. Justo cuando crecen las denuncias internacionales sobre las condiciones infrahumanas de las cárceles cubanas —hacinamiento, torturas silenciosas, atención médica de otro siglo—, el régimen suelta a dos mil personas para poder decir que es magnánimo.
Pero lo grave, lo que duele en el alma, es que esos dos mil liberados no incluyen a los que están presos por ejercer derechos básicos: expresarse, protestar, respirar en libertad. Esos inocentes convertidos en presos del Estado siguen ahí, encerrados en la isla que se dice madre, mientras la madre verdadera los abandona.
La represión selectiva
Porque aquí el meollo no es cuántos salen, sino quiénes se quedan. Detrás de cada número no liberado hay una historia de represión selectiva, de una toga vendida al poder, de un fiscal que convierte un tuit en un delito.
Y aunque la Habana niegue hasta la existencia de la categoría “preso político”, la realidad se les filtra por las rendijas: hay decenas, cientos de cubanos que no han empuñado un arma, no han robado, no han matado, y sin embargo llevan años pudriéndose en celdas por reclamar lo que cualquier democracia de pacotilla concede al nacer.
La Gaceta Oficial, al final, terminó enseñando más de lo que pretendían enseñar. Nos mostró que el régimen es capaz de poner en libertad a dos mil personas con tal de no soltar a una sola de las que realmente le duelen. Y esa foto, esa lista incompleta, no es un gesto humanitario: es el retrato descarnado de un sistema que prefiere negociar con las apariencias antes que reconocer sus crímenes.
Mientras el gobierno cubano siga usando a los presos comunes como moneda de cambio y a los políticos como rehenes de su orgullo, la presión de Estados Unidos seguirá siendo un eco que choca contra un muro de cinismo. Y los verdaderos inocentes, esos, seguirán esperando una Semana Santa que nunca llega.






