Tomás Estrada Palma y el peso de los muertos

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Por José Poveda Cruz

Holguín.- El año pasado, durante algunas visitas que hice al cementerio Santa Ifigenia junto a grupos de turistas rusos, ocurrió una de esas escenas pequeñas que, sin anunciarlo, terminan instalándose en la memoria con una persistencia incómoda. La guía oficial del cementerio —una muchacha de expresión severa pero de una inteligencia despierta y una cordialidad sin estridencias— nos conducía entre mausoleos, mármoles y nombres inmóviles. Iba relatando fechas, campañas militares, hazañas y derrotas con esa mezcla de rutina y devoción que tienen quienes pasan la vida entre muertos ilustres.

Las tumbas aparecían una tras otra bajo el sol duro de Santiago: héroes, generales, mártires, hombres que alguna vez creyeron tener entre las manos el destino entero de una nación. Y entonces llegamos al monumento de Tomás Estrada Palma.

La muchacha se detuvo.

Había algo distinto en su voz. No era exactamente ironía ni tampoco desaprobación; era una firmeza que parecía venir de un aprendizaje antiguo.

—Es el único presidente aquí al que no se le coloca bandera cubana.

Y enseguida me pidió que tradujera aquello con claridad a los turistas extranjeros, porque —según explicó— Estrada Palma había vendido un pedazo de la patria al imperio norteamericano.

Los rusos escuchaban en silencio. Quizá no comprendían del todo la historia de Cuba; pero entendían algo universal: que los muertos también siguen siendo juzgados.

Me quedé mirando la tumba.

Porque la historia posee esa extraña capacidad de simplificar cruelmente a los hombres. Los vuelve estatuas o demonios. Los absuelve o los condena. Les concede una sola máscara para la eternidad y luego destruye todas las demás.

Y sin embargo Estrada Palma había sido mucho más que un nombre reducido a una acusación.

Había nacido en Bayamo, en 1835, en una isla que todavía era colonia española. Había sido maestro antes que político; y los maestros, quizá porque trabajan con lo invisible, suelen desarrollar una paciencia y una obstinación especiales. Participó en la Guerra de los Diez Años, llegó a presidir la República en Armas después de la caída de Céspedes, conoció las cárceles españolas y conoció también el exilio, esa forma lenta de destierro donde un hombre vive pensando todos los días en una tierra que ya no pisa.

En Estados Unidos continuó trabajando por la independencia y mantuvo vínculos con Martí y con otros patriotas que soñaban una nación todavía inexistente.

Más tarde, cuando nació la República en 1902, le correspondió una tarea quizá menos gloriosa y mucho más ingrata: gobernar un país devastado por décadas de guerra. Organizar oficinas, escuelas, presupuestos, carreteras; poner orden donde solo había ruinas y esperanzas.

Las finanzas mejoraron. Se impulsaron obras públicas. La economía comenzó a estabilizarse.

Pero la historia rara vez concede recompensas sencillas.

Porque junto a esos esfuerzos apareció también la otra cara de su legado: la relación con los Estados Unidos, la dependencia política, la crisis que desembocaría en la segunda intervención norteamericana de 1906.

Y allí comenzó la larga condena.

Desde entonces, Tomás Estrada Palma parece haberse convertido en una especie de campo de batalla donde distintas generaciones libran sus propias guerras ideológicas. Para unos fue un patriota honrado que intentó construir un país imposible; para otros un hombre incapaz de comprender el precio de ciertas concesiones; para algunos un estadista prudente; para otros un símbolo de claudicación.

Algo parecido sucede en México con Hernán Cortés: los hombres dejan de pertenecer a su tiempo y empiezan a pertenecer a las discusiones de siglos posteriores.

Quizá sea inevitable.

Quizá los muertos ilustres nunca descansen del todo.

Miré una vez más aquella tumba silenciosa en Santa Ifigenia y pensé que tal vez la historia no sea un tribunal donde se dicta una sentencia definitiva, sino una conversación interminable entre generaciones que cambian de preguntas y de prejuicios.

¿Fue Tomás Estrada Palma un patriota, un héroe, un villano, un hombre equivocado o simplemente un ser humano atrapado por las circunstancias de su época?

Es posible que todavía nadie lo sepa.

Y acaso sean precisamente esas figuras incómodas, las que no caben enteras ni en la gloria ni en la condena, las que sobreviven más tiempo en la memoria de los pueblos.

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