El apestado que curaba: la doble vida del verdugo medieval

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Imagínate ser el tipo más necesario de la ciudad. El que pone orden. El que aplica la ley cuando la ley es solo una palabra bonita para la venganza. Ahora imagínate que, por hacer bien tu trabajo, la gente se cambie de acera al verte venir. Que el panadero se niegue a cobrarte el pan directamente de tu mano por miedo a «contaminarse». Eso era ser verdugo en la Edad Media. Un funcionario público con sueldo envidiable, una pericia asombrosa y una vida de mierda, porque nadie quería tocar al hombre que «tocaba la muerte». No era una vocación. Era una condena hereditaria.

Si tu padre era el verdugo, tú ibas a ser el verdugo. Y eso te convertía en un apestado legal. No podías vivir dentro de las murallas. No podías entrar a la iglesia por la puerta grande. En las tabernas, tenías tu propia jarra y tu propia mesa, porque los demás no querían compartir ni el vino contigo. Y en muchos sitios, te obligaban a vestir con colores chillones para que todo el mundo supiera quién eras y pudiera evitarte.

Básicamente, eras un fantasma con sueldo fijo. Un muerto que caminaba entre los vivos y que, cada mañana, iba a la plaza a demostrar por qué nadie quería invitarle a cenar.

Un funcionario más

Eso sí, el verdugo era un artista de la precisión. Tenía que saber dónde golpear para separar las vértebras de un tajo limpio. Si fallaba y el condenado sufría más de la cuenta, la multitud —que era muy exigente con el espectáculo— podía lincharlo por chapucero. Además, su trabajo no era solo matar. También torturar. Tenía que saber cuánto podía estirar a alguien en el potro sin que el reo se muriera antes de confesar. Era un ingeniero del dolor. Un técnico en recursos humanos, pero al revés: no contrataba gente, la desmontaba.

Y aquí viene lo bueno. Como los médicos universitarios se negaban a mancharse las manos con «asuntos viles», el verdugo se convirtió, por necesidad, en el mejor anatomista de la ciudad. ¿Quién conocía mejor los huesos, los tendones y los órganos que el tipo que pasaba el día desmembrando cuerpos o ajustando nudos?

Así que muchos verdugos se montaron un negocio paralelo de «medicina popular». Vendían ungüentos de grasa humana (milagrosos para el reuma, decían), arreglaban huesos dislocados y hacían cirugías de urgencia a los pobres que no podían pagar a un doctor de verdad. El mismo hombre que por la mañana te cortaba la oreja por robar, por la tarde te cosía una herida en la taberna. Eso sí, cobrando por adelantado.

Al final, el verdugo era el espejo de la hipocresía de su tiempo. La sociedad reclamaba sangre, quería ver el espectáculo, necesitaba que alguien hiciera el trabajo sucio. Pero luego despreciaba al que se lo daba. Lo marginaba, lo apartaba, lo convertía en un apestado. Y el verdugo, mientras tanto, seguía viviendo solo en las afueras, bebiendo en su jarra aparte y curando a los mismos que le escupían. No era un héroe. No era un villano. Era un funcionario. Y, como todos los funcionarios, lo único que quería era cobrar su sueldo y que le dejaran en paz. Pero la paz, para el hombre que toca la muerte, es un lujo que nadie está dispuesto a pagar.

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