Échenle humo al ahogado: cuando la medicina resucitaba con tabaco

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hubo una época, no hace tanto, en que los médicos miraban a un ahogado recién sacado del agua y pensaban: «Lo que este tipo necesita es una buena bocanada de humo de tabaco». Y no era un loco suelto. Eran instituciones respetables, facultativos con peluca y prestigio, que aplicaban el método con la misma fe con la que hoy meten un desfibrilador.

En el Londres de los siglos XVIII y XIX, junto al río Támesis, tenían equipos de emergencia con fuelles, cánulas y pipas gigantes preparadas para insuflar humo caliente por el recto o por la boca de los infelices que sacaban del agua. Sí, como lo lee. Humo de tabaco. Por el culo. Para resucitar.

La teoría, dentro de lo que cabe, tenía su lógica de andar por casa: el calor asociado a la vida, el frío a la muerte. Si el pobre desgraciado se había caído al agua helada, había que devolverle el calor. ¿Y qué mejor fuente de calor que el humo de una buena pipa de tabaco?

Además, el tabaco era conocido por sus «propiedades estimulantes». Así que nada de masajes cardiacos ni respiración boca a boca —eso llegó después—. Había que enchufarle una buena calada de Virginia pura y esperar que el cuerpo reaccionara. Y conste que no era una práctica marginal. La Royal Humane Society, nada menos, promovía estos métodos y repartía kits de rescate a lo largo del río.

Medicina o superstición

Claro, los resultados debían ser más bien discretos. Porque usted me dirá: ¿cómo va a resucitar alguien al que le meten humo en los intestinos mientras sus pulmones siguen llenos de agua? Pues no resucitaba, la mayoría. Pero en aquella época, la medicina todavía mezclaba ciencia con superstición, y el tabaco gozaba de una fama que hoy reservamos a los antibióticos. Se fumaba para el asma, para los cólicos, para la tuberculosis. Fumar era saludable. Incluso para los muertos, al parecer.

Con el tiempo, llegaron los avances. Se entendió que la nicotina no es exactamente un tónico cardíaco, que el humo caliente no reemplaza al oxígeno y que los fuelles rectales no son precisamente el colmo de la tecnología médica. La práctica fue desapareciendo a mediados del siglo XIX, cuando la respiración artificial y otras técnicas más sensatas empezaron a imponerse. Pero durante décadas, esa fue la respuesta científica a los ahogados. Y los médicos de entonces estaban convencidos de que lo hacían bien.

Así que ya sabe. La próxima vez que alguien le cuente que la ciencia es infalible, recuerde a aquellos pobres diablos del Támesis a los que intentaban revivir con humo de tabaco mientras se les helaba el cadáver. Porque la historia de la medicina está llena de disparates que en su día fueron «verdad científica». Y lo más aterrador no es el disparate en sí, sino la convicción con la que se aplicaba. El conocimiento humano es un boceto, no una foto fija. Y a veces, ese boceto parece dibujado por un mono borracho con un fuelles en la mano.

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