
La hija que Neruda borró del mapa: el ídolo de medio mundo también fue un padre de mierda
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Pablo Neruda. El poeta de los amantes. El tipo que escribe «puedo escribir los versos más tristes esta noche» y te parte el alma en dos. El Premio Nobel que estudian en universidades de medio mundo, el que sale en las camisetas de los románticos empedernidos, el que lleva décadas siendo el padrino sentimental de millones de almas que se juran amor eterno mientras se beben un vino chileno. Pero hay una historia que no sale en los poemarios. Una historia que Neruda se encargó de esconder bajo la alfombra de su propia leyenda. La historia de Malva Marina, su única hija biológica. Y no, no es una historia bonita.
Malva Marina Trinidad Reyes —que ya el nombre le salió poeta— nació en 1934 en Madrid. Era hija de Neruda y de la holandesa Maruca Hagenaar, su primera esposa. La niña vino al mundo con hidrocefalia, una malformación que le provocaba retraso mental y una cabeza de tamaño desproporcionado. En lugar de arroparla, de llevarla al mejor médico, de escribirle aunque fuera un verso torpe, Neruda hizo lo que hacen los cobardes cuando la realidad les estropea el cuento de hadas: desaparecer. Se desentendió de la niña como quien tira un borrador mal escrito.
Abandonó a la hija y la olvidó
La abandonó. Sin más. Se fue a vivir su vida de poeta bohemio, de cónsul itinerante, de amante de otras mujeres, mientras la pequeña Malva Marina crecía en un mundo que tampoco la quería. La madre, sola, sin recursos, tuvo que luchar contra la enfermedad de la niña y contra el silencio cómplice de un padre que prefería firmar odas al tomate antes que firmar un cheque para la medicación de su hija. Y no fue un descuido. Fue desprecio. Hay cartas, hay testimonios, hay pruebas de que Neruda se burlaba de la niña en confianza. Sí, como lo lee: se burlaba.
En 1942, Malva Marina murió en Holanda, con ocho años, sin haber recibido una sola visita de su padre. Neruda, que ya estaba casado con Delia del Carril —su segunda esposa—, ni siquiera asistió al funeral. Más tarde, en sus memorias, Confieso que he vivido, dedicó exactamente cero líneas a su hija. La borró de la historia. Como si nunca hubiera existido. Mientras el mundo lo aclamaba, mientras recibía el Nobel y llenaba estadios con sus versos, la memoria de aquella niña hidrocefálica seguía enterrada en el olvido que él mismo construyó.
No pretendo que dejen de leerlo. La poesía de Neruda es inmensa, y la belleza no tiene por qué firmar un contrato de pureza con su autor. Pero conviene saber que el ídolo que te hace suspirar también fue capaz de abandonar a una hija enferma y reírse de ella en privado. Porque la literatura está llena de hijos de puta con pluma de oro. Y Neruda, siendo un fuera de serie escribiendo, fue un padre de mierda. Que lo sepan los enamorados, los universitarios, los que llevan su libro bajo el brazo. El verso no absuelve al hombre. Y Malva Marina, desde algún lugar que no tiene versos, todavía espera que alguien la nombre con justicia.




