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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay algo peor que no tener aliados, y es tener aliados que te prometen el cielo con una mano mientras con la otra te cierran la puerta en las narices. Eso es lo que le está pasando a Cuba con Rusia, ese socio estratégico que tanto alardea de su «firme disposición a seguir brindando apoyo político y material».

La Cancillería rusa no se cansa de repetir la cantinela: que el envío de combustible a la isla es una «manifestación tangible de la amistad ruso-cubana», que Moscú está dispuesto a seguir ayudando, que el bloqueo energético de Estados Unidos no quedará sin respuesta. Todo muy bonito, todo muy solidario, todo muy de discurso oficial. Pero luego está la realidad. Y la realidad, señores, tiene nombre y apellido: Dmitri Chernyshenko.

Porque mientras los funcionarios de la Cancillería rusa escriben comunicados edulcorados en Telegram, el vice primer ministro de Rusia se encarga de poner los pies sobre la tierra. Y lo hizo nada menos que frente al embajador cubano en Moscú, Enrique Orta González, a quien soltó sin anestesia lo que nadie quería oír: que Rusia no enviará más petróleo ni nada más a La Habana. Y eso fue hace dos semanas.

El diplomático cubano, que seguramente llegó con la cantinela aprendida y la mano extendida, se encontró con un portazo seco. Y es que Moscú, con toda su retórica antiimperialista, también hace cuentas. Y las cuentas no salen.

Rusia insiste en ayuda, pero la niega
El embajador cubano en Moscú fue a presionar por ayuda y Chernyshenko le dijo que no

No hay más, aunque alguno diga que sí

Porque el barco que ya llegó, ese petrolero llamado Anatoly Kolodkin que entró por Matanzas con 100.000 toneladas de crudo, Cuba creyó que fue un regalo de la amistad eterna. Pero fue un cargamento que costó dinero. Mucho dinero. Solo el combustible que llevaba tenía un valor aproximado de 80 millones de dólares, sin contar el flete, el combustible que consumió el propio barco para cruzar el Atlántico y el salario de los marineros.

Eso no es ayuda humanitaria desinteresada, es una factura que alguien tendrá que pagar. Y Cuba, con sus arcas vacías, su producción de níquel en caída libre y sus reservas internacionales en números rojos, no está en condiciones de pagar nada.

Así que el vice primer ministro ruso hizo lo que cualquier gestor responsable haría: plantarse. Porque no se puede vivir de la solidaridad eterna cuando la contraparte no cumple. Y Cuba, que lleva años acumulando deudas con Rusia, no solo por petróleo sino por decenas de acuerdos comerciales incumplidos, se ha convertido en un socio de riesgo. En malapaga, hablando en lenguaje del barrio.

Moscú lo sabe, y aunque el discurso oficial siga siendo de hermandad revolucionaria, en los despachos ya nadie se fía. El embajador cubano tuvo que escuchar lo que ningún diplomático quiere oír: «No hay más».

Nadie regala nada

Pero lo más triste del asunto es que, mientras tanto, la Cancillería rusa sigue soltando globos sonda. «Rusia reitera su disposición a seguir apoyando a Cuba con asistencia material y política», dicen. ¿Con qué? ¿Con promesas vacías? ¿Con comunicados de prensa? Porque de lo que se trata es de combustible, de alimentos, de medicinas, de cosas tangibles. Y eso es precisamente lo que no llega.

Rusia insiste en ayuda, pero la niega
La vocera de la Cancillería rusa, María Zajárova, insiste en que ayudarán a Cuba, pero los que cortan el bacalao dicen que no. Una cosa es diplomacia y otra muy distinta los negocios

La cantinela se repite, pero los barcos no atracan. La solidaridad se anuncia, pero los dólares no aparecen. Y Cuba sigue hundida en la penuria energética, con los apagones a cuestas y la población esperando un milagro que no llega.

Así que la conclusión es clara: Rusia insiste en ayuda, pero la niega. Una vez más, el discurso choca con la realidad. Una vez más, los amigos de Moscú descubren que la geopolítica no se hace con afecto sino con intereses. Y Cuba, que durante décadas creyó que podía sobrevivir a base de solidaridad ideológica, empieza a entender que en este mundo nadie regala nada.

O pagas, o te quedas sin luz. Y mientras tanto, los mismos que ayer hablaban de hermandad hoy te cierran la puerta. No es traición, es el capitalismo, y Rusia es capitalista. Pero esa, como siempre, es otra historia. La historia de una isla que se quedó sola, esperando un barco que nunca llegará. Y de una Rusia que ya aprendió que la amistad, cuando no se paga, se acaba.

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