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Por Carlos Alberto Sosa ()

Miami.- La Cuba posible: prosperidad, libertad y justicia socialEn los últimos tiempos he leído múltiples opiniones, artículos y debates en redes sociales y en ciertos espacios que se presentan como académicos o analíticos, donde se intenta definir qué quieren realmente los cubanos para Cuba. Muchas de esas visiones parten de simplificaciones que terminan retratando al pueblo cubano como una sociedad confundida, incapaz de comprender la democracia, la economía o incluso sus propias aspiraciones.

Se repiten frases como: “los cubanos quieren cambio, pero no democracia”; “quieren economía de mercado, pero mantener salud y educación comunistas”; “quieren prosperidad, pero sin sacrificios”. Detrás de esas afirmaciones suele existir una mirada sesgada, construida desde laboratorios ideológicos o desde cómodas teorías alejadas de la vida cotidiana del ciudadano común.

Sin embargo, basta observar el mundo real para desmontar muchas de esas caricaturas. Numerosos países capitalistas desarrollados mantienen sistemas públicos sólidos de salud y educación. Canadá, Alemania, Suecia o Noruega poseen economías de mercado dinámicas, empresas privadas y amplias libertades económicas, mientras sostienen importantes políticas de bienestar social. Nadie los define por ello como estados comunistas ni considera contradictorio que combinen crecimiento económico con protección social.

Entonces, ¿por qué algunos pretenden ridiculizar al cubano que desea precisamente algo parecido? ¿Por qué se intenta presentar como inmadurez política el anhelo de construir una Cuba con libertad económica, oportunidades, derechos civiles y, al mismo tiempo, acceso digno a la salud y la educación?

La necesidad de prosperidad económica

La realidad es que la prosperidad económica es hoy una necesidad urgente para la nación. Sin crecimiento económico, sin inversión, sin empleo productivo y salarios dignos, ningún proyecto de país puede sostenerse. Un pueblo empobrecido termina atrapado entre la desesperanza, la emigración y el deterioro social. Cuba necesita producir riqueza, abrir espacios al emprendimiento, modernizar su economía y liberar las capacidades creativas de su gente.

Pero tan importante como generar prosperidad es decidir qué tipo de prosperidad se quiere construir. El crecimiento económico por sí solo no garantiza justicia, estabilidad ni bienestar colectivo. Una sociedad profundamente desigual, donde el progreso quede concentrado en pocos sectores mientras las mayorías sobreviven en precariedad, difícilmente podrá llamarse plenamente desarrollada.

Por eso muchos cubanos no ven contradicción entre defender el mercado y exigir sensibilidad social; entre apoyar la iniciativa privada y reclamar instituciones públicas funcionales; entre desear libertad política y aspirar a que nadie quede completamente abandonado. Los pueblos no viven de doctrinas puras ni de etiquetas ideológicas rígidas. Viven de necesidades concretas, memorias históricas y aspiraciones humanas profundamente complejas.

Una construcción propia

En medio de estas discusiones vuelve inevitablemente a la memoria José Martí y su extraordinaria Vindicación de Cuba. Martí respondió con firmeza a quienes intentaban describir al cubano como incapaz, inferior o moralmente defectuoso. Más de un siglo después, algunas opiniones contemporáneas parecen repetir aquella vieja costumbre de subestimar al pueblo cubano, juzgándolo desde la soberbia intelectual o el dogmatismo político.

Deseo para mí Cuba futura que no sea una copia exacta de ningún modelo extranjero ni que responda totalmente a las expectativas de un solo grupo ideológico. Y es importante subrayarlo: ya hemos vivido copias fallidas, intentos rígidos de importar esquemas que no lograron resolver las necesidades económicas y sociales del país. La experiencia histórica demuestra que los modelos cerrados, sean de un extremo u otro, terminan chocando con la realidad.

La nación que venga tendrá que ser una construcción propia, imperfecta, pero más realista y equilibrada. Una Cuba donde la libertad económica no signifique abandono social; donde la justicia social no implique asfixiar la iniciativa individual; y donde la prosperidad material pueda convivir con dignidad humana, participación ciudadana y sentido de comunidad.

Porque al final, la verdadera grandeza de un país no está únicamente en cuánto produce, sino en cómo logra que ese progreso se convierta en bienestar compartido.

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