Si Trump quiere juzgar a Raúl, que se dé prisa: el tiempo corre en contra del general

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Las imágenes de la última marcha del 1 de mayo fueron reveladoras, aunque no precisamente por la marea de banderas ni por los discursos de siempre. Lo que realmente llamó la atención fue la figura de Raúl Castro, un general de cuatro estrellas que nunca dirigió una batalla, pero que ha sobrevivido a todas las crisis, a todas las purgas y a todos los pronósticos.

Ahora, a punto de cumplir 95 años, el hombre que heredó el imperio de su hermano Fidel parece más un guiñapo humano que el férreo comandante que durante décadas movió los hilos de la dictadura cubana. Y si el gobierno de Donald Trump de verdad quiere juzgarlo por crímenes contra la humanidad, tendrá que apurarse mucho. Porque el tiempo, ese implacable enemigo que él creyó domar con médicos de lujo y dispositivos electrónicos, ya no está de su lado.

Olvidemos por un momento la atención médica privilegiada que ha recibido durante décadas, los especialistas permanentes en la habitación contigua, los marcapasos, los desfibriladores y todos los artilugios que la tecnología ha puesto al servicio de su longevidad. La realidad es tozuda.

Su cuerpo se ha deteriorado de manera acusada en los últimos meses, especialmente desde que Nicolás Maduro fue capturado y puesto a disposición de la justicia en Nueva York. Aquel golpe geoestratégico, sumado a las amenazas crecientes de Trump y Marco Rubio de tomar medidas drásticas contra Cuba, parece haber acelerado el declive físico y mental del patriarca castrista. Se le ve demacrado, ausente, con la mirada perdida y una fragilidad que nunca antes había mostrado en público.

Llegó la hora del miedo

Y es que Raúl Castro sabe, aunque sus voceros oficiales finjan lo contrario, que la era de impunidad para su familia y su séquito está llegando a su fin. No teme por su vida, porque es consciente de que ya es un hombre demás en este mundo, un sobreviviente anacrónico de una Guerra Fría que perdió hace décadas. Pero sí teme por lo que vendrá después.

Teme por sus hijos, por sus nietos y por sus bisnietos, esos herederos de una fortuna construida sobre el hambre y la represión. Sabe que cuando él falte, el blindaje dinástico se resquebrajará y todos los privilegios acumulados durante seis décadas podrían convertirse en una pesada losa judicial. Por eso no es casual que, en sus momentos de mayor lucidez, repita aquella confesión que hizo hace años: «Debí haberme muerto antes que Fidel».

El contraste con su hermano mayor es inevitable. Fidel disfrutó del poder hasta el final, con aquella soberbia monumental que lo llevó a creerse inmortal. Raúl, en cambio, siempre fue el guerrero pragmático, el que calculaba los riesgos, el que sabía que el tiempo juega en contra. Y ahora, mientras los fiscales federales afinan sus expedientes y los equipos de inteligencia estadounidenses continúan escaneando cada rincón de la isla, el general de cuatro estrellas sin batallas libra su último combate: el de llegar al final sin que la justicia lo alcance. No por cobardía, sino porque sabe que un juicio en Washington no solo pondría fin a su leyenda negra, sino que abriría la caja de Pandora de los crímenes del castrismo.

La muerte lo acecha

Mientras tanto, en La Habana, el aparato de propaganda sigue intentando mantener la ficción de normalidad. Las fotos oficiales lo muestran saludando a los pocos militantes que aún acuden a las concentraciones, pero los que saben leer entre líneas ven a un hombre derrotado por la biología y por la historia. Porque al final, el tiempo, ese tirano del que tanto habló su hermano, ha decidido cobrarse su factura.

Y si Trump quiere sentarlo en el banquillo de los acusados, como ya hizo con Maduro, más le vale darse prisa. La muerte, esa vieja conocida que Raúl Castro envió a tantos compatriotas, llama ahora a su puerta. Y no tiene uniforme verde olivo. Solo una guadaña y una certeza: nadie, ni siquiera el último de los Castro, se esconde para siempre.

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