
La gastroenteritis ideológica de la izquierda cubana
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Apenas sonó el eco del intento de atentado contra Donald Trump, y la izquierda cubana, esa que nunca pierde el tiempo cuando de criticar al enemigo se trata, saltó en desbandada. Periodistas del oficialismo, esos que escriben bajo la sombra alargada del poder, fueron los primeros en afilar las plumas.
No pasaron ni veinticuatro horas cuando ya tenían la consigna clara: cuestionar, dudar, desprestigiar. Como si hubiera caído una orden directa desde el Departamento Ideológico del Comité Central, esa fábrica de consignas que nunca para.
Enseguida llegaron las preguntas de manual socialista: ¿cómo es posible que el Servicio Secreto permitiera que un hombre armado se colara en el hotel donde iba a estar el presidente? ¿Será que Trump mismo orquestó el incidente para ganar popularidad? ¿Acaso todo fue una artimaña mediática? Y así, una sarta de sandeces que ya conocemos, repetidas hasta el hartazgo cada vez que ocurre algo en el mundo que no se ajusta al libreto de La Habana. Lo de siempre: la culpa es del imperio, y si no, se inventa.
Si de cuestionar atentados se trata…
Pero ahí está el detalle, ese que ninguno de estos grandes interrogadores quiere recordar. Porque si de atentados sospechosos hablamos, el expediente cubano es una biblioteca entera. Fabián Escalante, aquel general de brigada con acceso al oído del «gran líder», documentó nada menos que 634 atentados contra Fidel Castro. Seiscientos treinta y cuatro. Una cifra que haría sonrojar a cualquier guionista de cine de espías. Y nadie, absolutamente nadie del bando oficial, se atrevió jamás a preguntar si tantos complots eran ciertos, o si más bien formaban parte del montaje perfecto.
Porque el régimen castrista construyó su propia leyenda a base de amenazas imaginarias. Cada sombra era un conspirador, cada rumor un magnicidio en ciernes. ¿El objetivo? Hacer de Castro ese hombre invencible, perseguido por potencias mundiales, un héroe de novela que esquivaba la muerte como quien esquiva un charco. El glamour del perseguido, la fama del protegido. Y entre tanta ficción, algún atentado real, sí, no más de quince o veinte. El resto, viento y paja. O el graznido de un cuervo cerca de un aeropuerto que, en la mente calenturienta de algún ideólogo, podía pasar por amenaza de atentado aéreo.
Así que ya está bien. Dejen a Trump tranquilo. Critíquenlo cuanto quieran, que falta no le hace, pero no conviertan cualquier incidente en una prueba de su supuesta fragilidad. Porque si alguien sabe de puestas en escena, de cuentos repetidos hasta la nausea y de conspiraciones inventadas para mantener viva una revolución, ese es el castrismo.
Y cuidado, no vaya a ser que al viejo Donald le dé por adelantar lo que tiene planificado. Porque entonces la gastroenteritis ideológica, amigos míos, se convertiría en cólera. Y esa epidemia sí que no la curan ni con doscientas dosis de retórica revolucionaria.






