
Dos tumbas, un muro y un amor que no pidió permiso
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Esto no es una leyenda. Es una historia real, de esas que te hacen creer otra vez en la cabezonería del corazón. Porque cuando el amor se empeña, ni Dios ni los curas ni los ladrillos pueden con él. Pasa en Roermond, un pueblo tranquilo de Países Bajos, y todo empieza en el siglo XIX, que ya puestos a ponerle telón, que sea de terciopelo y con esquinas de bronce.
Los protagonistas son dos: él, Jacobus Warnerus Constantinus van Gorkum, coronel de caballería, protestante y sin gota de sangre azul. Ella, Carolina Petronella Hubertina van Aefferden, dama de la alta aristocracia local, católica, devota y de misa diaria. Fíjese usted el pecado: ella sentada en el escudo nobiliario y él sin más herencia que su sable y su fe reformada. Pues se casaron en 1842. Y vivieron juntos treinta y ocho años. Treinta y ocho. No fue un flechazo, fue un terremoto.
NI el muro logró separarlos
El problema llegó después, que es cuando las historias de verdad se retuercen. En aquel cementerio de Roermond los muertos no se mezclaban. Había una pared de ladrillo altísima dividiendo el campo santo: católicos a un lado, protestantes al otro. Ni en polvo querían que se conocieran. El coronel cayó primero, en 1880. Lo enterraron en su lado, junto al muro. Y ella, que lo esperó ocho años, dijo bien claro: “Yo con mi familia ilustre no voy. Yo voy con mi marido.”
Y aquí el golpe de teatro. Como no podían estar juntos en el mismo recinto, ella mandó construir su tumba justo enfrente, al otro lado del muro. Pero eso no es nada. La gracia, lo que convierte esta historia en un monumento a la mala leche más elegante del mundo, es que el sepulcro incluye dos brazos de piedra. Uno sale del lado protestante. Otro, del católico. Y se agarran por encima del muro. Enlazados. Para siempre.
Dos manos de granito que le dicen a la Iglesia, a la sociedad y a los siglos lo mismo: que ustedes pongan las normas, que nosotros ya nos entendemos. Una maravilla de la historia menuda. La mejor forma de saltarse una regla no es romperla, querido lector. Es darle la mano al amor desde el otro lado.






