
Delcy Rodríguez también se pone en modo «enérgicamente»
Por Yeison Derulo
La Habana.- Delcy Rodríguez salió a condenar “enérgicamente” el intento de ataque contra Donald Trump. Cuando uno lee ese “enérgicamente”, así, con ese énfasis impostado, lo primero que viene a la mente no es la gravedad del hecho, sino el libreto.
En estos sistemas, donde todo está guionizado hasta el bostezo, las palabras no se usan: se repiten. Se heredan. Se calcifican. “Enérgicamente” es una de esas muletillas que huelen a Comité Central, a discurso reciclado, a dictadura con poca creatividad.
No es casualidad. Ese término ha sido marca registrada del castrismo durante décadas. En Cuba se condena todo “enérgicamente”: desde una sanción internacional hasta un apagón que ellos mismos provocan. Es una especie de reflejo condicionado del poder, una manera de aparentar firmeza sin entrar en el fondo. Condenar enérgicamente no cuesta nada. Lo difícil es condenar con coherencia, con moral, con autoridad. Ahí es donde empiezan los problemas.
Resulta curioso —por no decir descarado— que desde Caracas se utilice ese lenguaje con tanta soltura, mientras La Habana, la matriz ideológica de todo este teatro, guarda silencio o, en el mejor de los casos, mide cada palabra con pinzas.
Si algo caracteriza a estas alianzas es la doble moral selectiva: se pronuncian cuando conviene, callan cuando toca, y siempre, absolutamente siempre, con un cálculo político detrás. Aquí no hay espontaneidad, aquí hay estrategia, y más aún cuando Estados Unidos se convirtió desde el 3 de enero en el papá de Venezuela.
Uno se pregunta: ¿qué valor tiene una condena que viene de un sistema que ha normalizado la violencia política, la represión y el abuso como herramientas de gobierno? ¿Con qué cara se habla de ataques, cuando se gobierna a base de intimidación? Es el mismo dilema de siempre: los verdugos opinando sobre la violencia ajena, como si la propia no existiera.
Al final, el problema no es el “enérgicamente”. El problema es todo lo que hay detrás de esa palabra. Un aparato que necesita exagerar el tono porque carece de credibilidad. Un discurso que intenta sonar firme, pero termina sonando vacío. Un escenario donde cada declaración no busca justicia ni verdad, sino posicionamiento.
En estos regímenes, incluso la indignación es una herramienta política. Y como todo lo que tocan, también termina perdiendo sentido.






