
La caricatura que nunca envejeció
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Hay imágenes que no son solo dibujo; son diagnóstico. Cuando miro esta caricatura de 1962, en pleno clímax de la Crisis de los Misiles, no veo un episodio del pasado; veo un guion que se sigue representando, casi sin cambiar una coma, más de seis décadas después.
Me impresiona, y me inquieta, lo poco que ha envejecido. Como si el tiempo, en lugar de avanzar, se hubiera dedicado a repetir.
Ahí está la escena: Una isla a 90 millas, un gesto desafiante, una amenaza envuelta en dependencia. Y yo no puedo evitar pensar que esa lógica; esa narrativa de plaza sitiada ha sido, durante años, el combustible más eficaz de un sistema que aprendió temprano que la confrontación no era un accidente… era una herramienta.
Desde 1959, el libreto ha sido claro; si hay un enemigo grande, todo lo demás se justifica. Las carencias, el control, la falta de libertades… todo cabe bajo la sombra de una amenaza externa.
Fidel lo entendió como pocos; no se gobierna solo con promesas, también se gobierna con miedo. Y si el miedo no aparece solo, se construye, se alimenta, se repite hasta que se convierte en verdad emocional.
El hermano mayor ya no existe
Lo curioso, o lo trágico, es que ese “Hermano Mayor” que respaldaba aquella escena ya no existe. La Unión Soviética es historia, pero la narrativa no murió con ella. Se recicló. Cambió de forma, pero no de esencia. Hoy no hay misiles apuntando desde la isla (que sepamos, o al menos yo), pero hay otro tipo de confrontación, propaganda, guerra digital, discursos incendiarios. El conflicto mutó, pero nunca desapareció.

Y entonces llegamos al presente. A esta etapa donde figuras como Donald Trump reactivan (quizás sin proponérselo del todo) ese viejo mecanismo. Su estilo directo, confrontativo, sin matices, le regala al discurso oficial cubano algo que necesita desesperadamente; un enemigo claro, visible, ruidoso. Un antagonista perfecto para justificarlo todo.
Antes hubo momentos de distensión, intentos de diálogo, pequeños deshielos que insinuaban una salida distinta. Hoy, en cambio, la polarización vuelve a tensar la cuerda. Y mientras más se tensa, más útil se vuelve para quienes viven de esa tensión.
La dependencia disfrazada de desafío
Lo más inquietante no es la confrontación en sí. Lo verdaderamente preocupante es su permanencia. Que después de más de 60 años, la vida de millones siga orbitando alrededor de esas “90 millas”. Que el conflicto se haya convertido en una especie de sistema operativo invisible, pero determinante.
Porque al final, lo que esta caricatura revela no es solo una disputa geopolítica. Es una relación de dependencia disfrazada de desafío. Es el retrato de un poder que necesita al enemigo tanto como lo denuncia. Y ahí está la trampa.
Yo miro esa imagen y no veo historia; veo presente. Veo un ciclo que se retroalimenta, que se adapta, que se rehace para sobrevivir. Y me hago una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si ese conflicto desapareciera de verdad? ¿Qué quedaría en pie cuando ya no haya a quién culpar?
Tal vez por eso nunca se rompe del todo. Porque hay sistemas que no temen a la guerra… temen a la paz. Y cuando un sistema le teme a la paz, no la evita por accidente… la necesita ausente.






