Chanchal no era rosa

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Chanchal no era un lienzo. Era una elefanta. Y la pintaron de rosa igual que a una pared.

Ocurrió en Jaipur. Una fotógrafa, Julia Buruleva, la convirtió en un accesorio para una sesión de fotos. Las imágenes volaron. Se hicieron virales. Y la gente, por una vez, no aplaudió. Se indignó. Hasta que las autoridades forestales abrieron una investigación. Después, en febrero de 2026, Chanchal murió. Y la rabia, que ya era grande, se hizo más grande todavía.

La fotógrafa dice que fue color orgánico. Que la sesión duró poco. Y los activistas responden: da igual. Da igual el minuto, da igual el tinte. Lo que duele es lo de fondo: una elefanta anciana, cansada, convertida en objeto de una idea bonita. Porque el arte no justifica la crueldad. Y la estética, cuando se olvida de quién está al frente, se vuelve fea.

Hubo una necropsia, claro. Dicen que murió de vieja. Paro cardíaco. No por la pintura. Pero eso, amigos, no cierra nada. Solo cambia la pregunta. Ya no es «¿esto la mató?». La pregunta es otra: ¿todo lo que puede hacerse, debe hacerse? ¿El hecho de que no haya una prueba de daño inmediato nos da derecho a hacer lo que queramos?

Por eso esta historia golpea. Porque nos obliga a mirar esa línea que cruzamos sin pensarlo. Ese momento en que el arte, la moda, los «me gusta» dejan de ver a un animal como un ser vivo y lo convierten en utilería. Chanchal no era rosa. Era una elefanta. Y su color verdadero, el que nadie quiere ver, es el de una especie entera aprendiendo a disculparse después de haber manchado.

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