
Bessus: el traidor que quiso ser rey y acabó sin orejas
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Cuando un imperio se desmorona siempre aparece algún listo que cree que puede pescar en río revuelto. En el ocaso de los persas, con Alejandro Magno mordiéndoles los talones, surgió un tipo llamado Bessus. Era sátrapa de Bactria, nada menos, y pariente del rey Darío III. Pero en lugar de ser el escudo del emperador, Bessus decidió que su primo era un estorbo. Lo capturó en plena huida, lo asesinó y se proclamó Artajerjes IV, el nuevo Rey de Reyes. Así, sin más, como quien cambia de camisa.
¿Y qué hizo el flamante rey autoproclamado? Pues intentar organizar una guerrilla en las montañas de lo que hoy es Afganistán, esperando que el terreno hiciera el trabajo sucio por él. Pero había un pequeño problema: nadie respetaba a un rey que había llegado al trono manchado con la sangre de su antecesor. Cero legitimidad, cero respeto. Porque una cosa es ser ambicioso y otra ser un traidor con la conciencia sucia. Y Bessus, desde luego, no había leído el manual de cómo ganarse a tu pueblo.
Alejandro, que no era tonto, vio el asesinato de Darío como una excusa de oro. Se presentó como el vengador oficial de los persas, el que iba a hacer justicia por el regicidio. Y se lanzó a perseguir a Bessus a través de desiertos y montañas nevadas sin darle tregua. Porque Alejandro era muchas cosas, pero sobre todo era un tío que no dejaba cabos sueltos. Y Bessus, con su puñal y su corona falsa, era el cabo más suelto de toda Asia Central.
La justicia, cuando llegó, fue de las que duelen. Sus propios oficiales, viendo que la causa estaba más perdida que un pulpo en un garaje, lo entregaron a Alejandro. Y el castigo fue ejemplar, como mandaban las antiguas costumbres persas: primero le cortaron la nariz y las orejas. Sí, tal cual. Luego lo enviaron a ejecutar exactamente al lugar donde había asesinado a Darío. Porque la venganza, cuando se hace bien, tiene su propia geografía.
Bessus es el recordatorio de que la traición rara vez construye imperios duraderos. Lo único que asegura es un sitio en la lista de los infames. ¿Que si la traición es justificable en tiempos de guerra total? Mira, en guerra todo vale, dicen. Pero luego está el detalle de que los traidores suelen acabar peor que los enemigos. Bessus quiso ser rey y terminó siendo un espantapájaros sin nariz. Toma nota.






