Comparte esta noticia

Por Jorge Sotero ()

La Habana.- No es un solo municipio, no es una sola provincia. Mayabeque muere, pero no muere sola. La arrastran en la camilla hacia la fosa común Matanzas, La Habana, Santiago, toda la isla. La maestra con el pozuelo contando monedas para un poco de picadillo, la doctora que después de una noche de guardia sigue sin cobrar, el combatiente jubilado con los zapatos rotos y las niñas vendiendo cremita de leche no son fantasmas de un solo lugar.

Son la foto fija de un país que se desangra en silencio, donde la palabra «esperanza» se ha vuelto un lujo que ya nadie puede costear.

Pero cuidado, que no me vengan con el cuento del bloqueo como única explicación, porque eso ya es un mantra gastado. Aquí hay un ingrediente que duele más: la complicidad de un pueblo que a las nueve de la mañana vitorea a los mismos que a las seis de la tarde lo dejan sin luz y sin comida.

Odaysi Álvarez lo dice sin anestesia al comentar esta publicación en Facebook (https://www.facebook.com/61583582532915/posts/122107585935119417/?rdid=Hs2e5vMp8Hw2jkK0#): ver a esas mujeres bailando con el mal llamado héroe, con la boca sin dientes, apoyando a los que los matan de hambre, y luego quejándose cuando se va la corriente, es para perder la fe en la humanidad. No es bloqueo, es cinismo. Es costumbre. Es miedo. Es también un poco de culpa.

La gente se suelta en las redes

Y luego, en los comentarios en la referida publicación, se habla de los jóvenes, esos que Miguel Ángel Martínez Verdecia menciona con el alma encogida. Porque no basta con sufrir en carne propia; lo insoportable es ver lo que viene detrás. Esa juventud con la ilusión hecha fantasma, esos niños inocentes que heredan un calvario sin mapa ni brújula.

¿Qué futuro les espera cuando hasta los sueños se racionan? Aquí no se vive, se sobrevive, y la diferencia entre una cosa y otra es tan ancha como el Estrecho de Florida cuando alguien decide lanzarse al agua, o como cuando se va a otro lugar, a cualquier lugar, en busca de una vida que tal vez nunca encuentre.

Enélida Pérez Martínez, con sus 70 años a cuestas, suelta otra verdad incómoda: ni siquiera la vulnerabilidad es pareja. Los trabajadores sociales reparten beneficios como quien reparte naipes marcados: las mujeres mientras más paren, más arroz reciben; los enfermos entran por un TikTok mal interpretado, y los jubilados que aún madrugan no cuentan para nadie.

No es bloqueo, es mala gestión. Es favoritismo. Es una pirámide donde los de abajo ya ni siquiera esperan llegar arriba, solo piden que no los sigan pisando.

Cuba agoniza sin medicinas para salvarla

Pero ojo, que también asoma la coartada eterna. Roger Álvarez Rodríguez sale con el disco rayado: «es por culpa del bloqueo del país más poderoso». Y ahí está el drama más profundo, el que Zoe Cambas señala con rabia justa: ellos saben, en su conciencia, que todo lo que dice el pueblo es verdad, pero siguen haciéndose los ciegos y los sordos.

No es patriotismo, es ambición. Es aferrarse al poder mientras la gente se desmorona. Por eso Luis Manuel Duarte pide que esa «partida de ineptos» se largue de una vez, para ver si los que se quedan pueden empezar a resolver algo.

Porque al final, como escribe el anónimo valiente de Mayabeque, lo que importa no es quién escribe, sino lo que se escribe. Y lo que se escribe es un parte de guerra: Cuba agoniza, pero no hay medicinas para salvarla, ni carro fúnebre para trasladarla, ni sepulturero para enterrarla. Solo queda el ruido de los calderos, la cola interminable y esa frase de Daynet Villamarín que intenta rescatar algo: «mientras haya vida, vale la pena empezar de nuevo».

El problema es que, en esta isla, empezar de nuevo exigiría primero enterrar lo viejo. Y lo viejo, por ahora, se niega a morir solo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy