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Por Ulysses Pereira (El hombre Olvidado)

Toronto.- El otro día, mientras estaba en el dentista, con la boca abierta y a merced de aquellos horribles y escalofriantes instrumentos de tortura —el ruidito… ¡ay, el ruidito!—, el doctor hablaba mientras me trasteaba los dientes sin piedad: me contaba que tenía que trabajar en su jardín, que iba a plantar geranios y tulipanes.

De jardinería no sé nada, nunca me atrajo tal disciplina, pero es de admirar a alguien que, tras este brutal invierno, se disponga a hurgar en la tierra fría y dura para plantar semejantes plantas —por lo delicadas, supongo— solo por disfrute visual, en el caso de que germinen adecuadamente.

Cuando terminó, el buen doctor me preguntó cándidamente qué tipo de plantas se dan mejor en esta época del año en Cuba. Al parecer, es un gran aficionado a la horticultura —¿así se llama esta disciplina, no?—. «Ninguna», le dije, con mi cara sensorialmente inflamada por la anestesia. «En Cuba no germina nada porque Cuba es un gigantesco cementerio de personas, animales y plantas».

Le enseñé el video de los huesos desparramados en el cementerio de Colón y la foto del preso recién salido de la cárcel. «¿Es un holocausto, entonces?», me dijo el buen doctor. «Sí», le contesté. «Un holocausto, y nadie se ha dado cuenta».

Un señor doctor en Canadá se da cuenta de la masacre silenciosa que el gobierno de Cuba y sus adláteres mundiales están cometiendo contra el pueblo cubano, mientras el propio pueblo cubano sigue silente y guarachando.

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