Comparte esta noticia

Por Anette Espinosa ()

Ahí aparece Lis Cuesta, la primera dama, en un huerto. Pero no vayan a creer que va a sembrar ni un rábano. Fue a posar. La foto es el fin, no el medio. El problema no es que una mujer se tome una foto. El problema es que quieran venderla como si fuera la madre Teresa preocupada por el hambre del pueblo.

Miren la ropa. Impecable. Planchada. Nada que ver con un overol manchado de tierra, ni con los pies hundidos en el barro. Los zapatos parecen recién salidos de una caja, como si el polvo o el fango tuvieran miedo de tocarles las suelas. Esa no es la vestimenta de alguien que va a producir. Es el disfraz de alguien que va a actuar.

Y los espejuelos. Carísimos. El reloj…. No los venden en la bodega, ni en la libreta. Mientras el cubano de a pie no encuentra ni aspirinas, la primera dama posa con lentes que valen lo que varios salarios. Pero ojo, no es culpa de los lentes. Es culpa de la mentira. De querer tapar con una foto lo que la realidad escupe a diario.

Lis Cuesta no es un accidente. Es parte del mismo sistema que su esposo, Miguel Díaz-Canel, dirige con cinismo y mano dura. Por eso el pueblo la repudia. Porque saben que esa sonrisa en el huerto es la misma que se borra cuando las cámaras se apagan. No hay sensibilidad social. Hay una obsesión enfermiza por el postureo, por la imagen, por el montaje.

Al final, lo único que crece en ese huerto es la hipocresía. Los cubanos no necesitan fotos. Necesitan comida. Necesitan libertad. Y ninguna pose de la primera dama va a tapar el hambre ni el hartazgo. Que se quite los lentes caros, que se ensucie las manos de verdad y que empiece por exigirle a su esposo que deje de gobernar como si Cuba fuera un set de televisión.

Deja un comentario

Lo más consultado hoy